Exposición fotográfica Calatayud, ciudad histórica y monumental

El Centro de Estudios Bilbilitanos ha colaborado con el Ayuntamiento de Calatayud en la organización de una exposición conmemorativa del 50 aniversario de la Declaración de Calatayud como Conjunto Histórico Artístico.

La exposición cuenta con 50 pares de fotografías comparativas de varios espacios del casco histórico, así como tres amplios paneles que explican la transformación histórica de varios espacios de la ciudad: plaza de España, plaza del Fuerte y paseo Cortes de Aragón. Además de las pertenecientes al archivo del CEB, han aportado sus fotografías: Carlos Moncín Duce, Jesús Macipe Roy y José Antonio VIcén Portero.

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Ramona, la madre de Blasco Ibáñez, nació en Calatayud

INFORMACIÓN FACILITADA POR ANTONIO UTRERA FÚNEZ

            Ramona Ibáñez Martínez, madre del escritor Vicente Blasco Ibáñez, era la primogénita de cuatro hermanos y había nacido en Calatayud en 1842.

Los padres de Ramona gozaban de bienestar económico. El padre estaba empleado en el Ayuntamiento de la ciudad y la abuela poseía «bastantes casas y muy buenas» en las cercanías de La Seo en Zaragoza.

Ramona fue educada, en un colegio de monjas al igual que solían serlo las hijas de las familias medianamente acomodadas y con cierta tradición social, en una ciudad de provincia recoleta y tranquila.

Al cumplir los veintitrés años, la joven llegaba a Valencia, llamada por su tía Vicenta Martínez, ama de gobierno del famoso editor don Mariano de Cabrerizo -natural de La Vilueña-. Ramona y su tía acudían frecuentemente al mercado de la ciudad y también a las tiendas de coloniales cercanas a la Lonja, donde los que atendían eran aragoneses, como ellas. A poco tiempo, la joven conoce a Gaspar Blasco que trabajaba de dependiente mayor en una de estas tiendas.

El 19 de abril de 1866, Gaspar Blasco y Ramona Ibáñez  contrajeron matrimonio en la Iglesia de los Santos Juanes y pasaron a ocupar el altillo o pequeña entreplanta de la tienda de coloniales que Gaspar había adquirido poco antes de su enlace en la calle de la Jabonería Nueva, esquina a la de los Ángeles.

            Fuente: El Argonauta Valenciano (29-2-2016)

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La transición democrática en Calatayud. Cambios y esperanzas.

Francisco Tobajas Gallego

El 12 de julio de 2017 se presentó en un Aula Cultural de San Benito a rebosar,  el último libro editado por el Centro de Estudios Bilbilitanos, La Transición Democrática en Calatayud, cambios y esperanzas, del fotógrafo bilbilitano Carlos Moncín Duce. Acompañaron al autor en el acto de presentación, el alcalde de Calatayud, José Manuel Aranda, y el presidente del C.E.B. José Ángel Urzay, responsable del texto, que sirve como complemento a estas  trescientas fotografías que fueron seleccionadas del archivo del autor. Para ello, Urzay y sus colaboradores, tuvieron que repasar más de seis mil diarios y semanarios de la época. Tampoco faltaron al acto varios fotógrafos bilbilitanos, el Delegado del Gobierno en Aragón, Gustavo Alcalde, y responsables de Heraldo de Aragón.

Su autor, el fotógrafo Carlos Moncín, ha sido corresponsal gráfico en diversas publicaciones y colaborador de la agencia CIFRA. En Calatayud participó en la creación de los grupos Imagen-Palabra-Letra y J’. MAC. Otro gran periodista bilbilitano, ligado a Heraldo de Aragón, Andrés Ruiz Castillo «Calpe», le convenció para que colaborase exclusivamente con este diario, en una página diaria dedicada a la ciudad. Moncín señaló que habían sido trece años, desde 1975 a 1989, los que había dedicado a fotografiar diariamente la actualidad bilbilitana, de la que Jesús Martínez Muñoz elaboraba una pequeña crónica. Cada día había que revelar las fotos, hacer copia y enviarlas, junto a la crónica, en el autobús de Zaragoza. En otras ocasiones había que enviar el negativo en taxi, para ganar tiempo. A partir de 1989 Moncín se hizo cargo de la sección de fotografía de Heraldo de Aragón.

El libro está dividido en tres partes: Transformación de la ciudad, metamorfosis de la sociedad y fiestas, cultura y deportes. Como se escribe en el prólogo del libro, al paso de cuarenta años de cambios y esperanzas, «es difícil ocultar la sorpresa y la perplejidad ante unas imágenes que retratan una ciudad y una sociedad que parecen más lejanas de lo que realmente son».

Hasta el día 29 de julio estará abierta una exposición en el Aula Cultural de San Benito, con una selección de las mejores fotografías de Carlos Moncín que componen este interesante y fundamental libro gráfico para la memoria de Calatayud.

El libro ha tenido una excelente acogida y prácticamente está agotado en las librerías, por lo que se van a reimprimir 1.000 ejemplares más, al mismo precio de 8 euros, para que atender la demanda de los bilbilitanos.

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La transición democrática en Calatayud. Cambios y esperanzas

El próximo miércoles, 12 de julio, a las 20 horas en el Aula Cultural San Benito de Calatayud, se presentará el libro de fotografía de Carlos Moncín Duce: La Transición Democrática en Calatayud. Cambios y Esperanzas y una  exposición de fotografías del mismo autor.

El libro recoge imágenes de 20 años de la historia de Calatayud, desde 1970 a 1990, periodo que coincide en gran medida con la transición democrática en España. Las 300 fotografías de Carlos Moncín son un testimonio excepcional del Calatayud de este periodo histórico. Los ajustados textos de  José Ángel Urzay Barrios enmarcan y amplían este reportaje gráfico.

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Noticia de un viajero sefardí en Calatayud

Autor de esta recopilación de datos testimoniales: Manuel Casado López.

El hecho que narro a continuación se produjo por los últimos años de la década de 1960. Recojo en él los testimonios orales aportados por José Gutiérrez Cortés y Manuel Casado Abad. Éstos, junto a otros tertulianos avecindados en la plaza de la Jolea y sus alrededores, estaban reunidos, como era su costumbre después de dar de mano, en el patio taller de la modesta fábrica de pinturas regentada por José, alias Chuleva, que ejercía de anfitrión.

Una tarde del mes de julio se presentó ante ellos un señor alto, delgado y bien vestido. Preguntó educadamente si le podían indicar dónde estaba la plaza de la Figuera. Los tertulianos, por su aspecto y el acento, dedujeron que era forastero y se interesaron por la persona a la que buscaba. El desconocido les dijo que había venido de muy lejos porque le gustaría ver la casa de sus antepasados, si es que todavía seguía en pie.

Se presentó al grupo como un profesor de la universidad de Tel Aviv, en Israel, donde ahora residía. Había viajado a Calatayud porque mantenía los vínculos de añoranza y afecto hacia Sefarad ya que sus antepasados vivieron en esta ciudad y eran sefardíes. Era habitual entre ellos conservar como un tesoro el legado de sus mayores, por eso transmitían de padres a hijos, generación tras generación, las costumbres, tradiciones, refranes y prácticas sefarditas en sus reuniones periódicas donde se mantenía el ladino, un castellano medieval divulgado oralmente.

En esas conversaciones rememoraban la vida cotidiana, sus lazos familiares, las relaciones con otros judíos y con los conversos de la ciudad, sus pertenencias, casas, huertos, fincas, majuelos, etc. Hablaban también de sus relaciones sociales, las entregas de dinero y préstamos en comanda que daban, de los censos o treudos perpetuos y pensiones que recibían o pagaban y de su participación en la administración de la aljama judaica a la que pertenecían.

Uno de los temas más esperados por toda la familia era cuando se hablaba de la casa. La suya, en particular, se situaba al fondo de la plaza de la Figuera y al inicio de una carrera estrecha. De los lugares contiguos a ella recordaba los comentarios sobre la construcción del campanario de una cercana torre mudéjar. Y, en cuanto a sus vecinos, nombraban a los afamados Santángel y a los Cabra, mercaderes de vinos y licores.

Añadió después que las familias sefardíes conservaban las llaves de sus casas, aquellas que cerraron sus ancestros en el año 1492 al ser obligados a abandonar esta tierra tan querida y las llevaron consigo en su diáspora. Esas llaves se heredaban con orgullo pensando en una posible vuelta. Eran su salvoconducto de vuelta a casa. Algunas familias las habían conservado y se mantenían hoy en un halo de leyenda.

Otras llaves están perdidas o quizá nunca conservadas por aquellos. Y, haciendo un silencio, sacó de su cartera una llave de canutillo como las que todavía se utilizan hoy para las cerraduras de las casas antiguas. “Esta llave cerró para siempre nuestra casa y yo he venido para abrirla de nuevo”, dijo convencido.

Detengo un momento el hilo de este relato para certificar los tres datos que el viajero aportó en la reunión. El primero alude a la callejuela que nace o termina al pie de la casa buscada y comunica la plaza de la Higuera con la de la Jolea. Es hoy una travesía muy poco transitada.

El segundo habla de la construcción del campanario de la iglesia de Santa María la Mayor de Calatayud que está documentado en el libro de Francisco Javier García Marco “Las comunidades mudéjares de Calatayud en el siglo XV”. En la página 273 transcribe una parte del documento nº 28 de fecha 24 de diciembre de 1498 “donde Mahoma de Duenyas otorga albarán de quinientos sueldos que se le debían por la construcción del campanario de Santa María de Calatayud”.

El tercero nombra a dos familias de conversos que residían en la plaza de la Higuera y eran colindantes con la suya. La investigadora del CSIC en el Departamento de Estudios Hebraicos y Sefardíes, del Instituto de Filología de Madrid, doña Encarnación Marín Padilla en su obra “Notas sobre la familia Constantín de Calatayud (1482-1488). Aragón en la Edad Media, nº 5, 1983”, hace referencia en la página 224 “a que un matrimonio judío visitaba a los Cabra que vivían en la plaza de la “figuera” y vendían vino”.

Tras esta obligada pausa, sigo con la narración comenzada. Nuestro viajero recogió la llave en el bolsillo de su chaqueta y acompañado por los dos testigos que relatan esta vivencia se encaminaron hacia la plaza de la Higuera. Al llegar allí el viajero observó la torre de Santa María y se orientó enseguida. Dirigió sus pasos hacia el fondo de la plaza y se paró delante de la casa que hoy tiene el nº 6, diciendo: “ésta es la que busco y la que fue casa de los míos”.

Sus acompañantes llamaron por su nombre a la propietaria y, mientras ésta bajada a la entrada, el viajero emocionado describió unas escaleras de subida y bajada, que daban acceso a un cuarto bajo. Entre los dos recuerdan que comentó: “Obradas a la izquierda del zaguán empedrado servían además para montar o desmontar de la cabalgadura. Luego nombró la ubicación del horno, la cuadra, la bodega y otras de la planta baja. Una amplia escalera daba acceso a la primera planta donde se ubicaba el hogar, la sala y las alcobas dormitorio. La planta superior  la empleaban como granero, almacenaje de productos, solanar para tender la ropa y lugar para las faenas domésticas de las mujeres”.

La señora Pilar, que escuchaba atónita la descripción de cada rincón de su casa, le dijo: “¡por lo que dice usted acredito que ya ha estado alguna vez aquí!” Los vecinos acompañantes le explicaron la situación y la actual dueña les invitó a pasar dentro, algo confusa. El viajero sacó su llave y, de forma ceremoniosa, hizo como que abría la puerta de la casa y entró dentro. Le acompañamos también nosotros por las estancias de la casa, descritas por él con anterioridad, y comprobamos su acierto.

El viajero agradeció con franqueza el favor y le comentó a la señora Pilar que se alegraba porque, en casi quinientos años, las dependencias de la casa apenas habían cambiado. Se despidió de ella prometiéndole volver con algunos miembros de su actual familia. Luego se dirigió a nosotros y nos abrazó con algunas lagrimillas en los ojos. El encentro había sido muy emotivo e instructivo para todos.

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