Joaquín Dicenta Benedicto. El bilbilitano bohemio.

Por: Francisco Tobajas Gallego

Joaquín Dicenta Benedicto nació casualmente en Calatayud el día 3 de febrero de 1862. Era hijo de Manuel Dicenta Blanco y de Tomasa Benedicto Laguna, ambos naturales de Zaragoza. Su padre, a la sazón comandante de Caballería, se trasladaba con la familia de Alicante a Vitoria como ayudante del Capitán General de las Provincias Vascongadas. El 6 de febrero sería bautizado en Vitoria.

Su padre fue herido en la batalla de Alcolea en 1867. Entonces la familia regresó a Alicante, donde en 1874 murió su padre demente, a causa de las heridas. En sus memorias Idos y muertos, 1909, Dicenta escribía: «Era mi padre militar; le llegó la hora de pagar con réditos de sangre un jornal de soldado, y sin regateos lo pagó. Dejáronle inútil, por falto de juicio, sus heridas. A los siete años de tan triste vivir, murió de repentina muerte, en medio de la calle».

Joaquín Dicenta estudió en el Colegio privado de San José, realizando las pruebas de grado de Bachiller el 25 de octubre de 1876. En Idos y muertos recordaba que Francisco Penalva, abad de la colegiata de Alicante, había sido su catedrático de Psicología, Lógica y Ética. Tras una riña con un compañero, el abad sentenció: «Extraña criatura eres tú. Hay dentro de ti un ángel y un demonio riñendo formidable pelea. ¿Cuál de ellos triunfará?».

A los catorce años Joaquín Dicenta se trasladó a Madrid con un título académico que «no me servía para nada». Su madre, que cobraba 90 pesetas mensuales de viudedad, lo colocó junto al noble escudo de armas de la familia, cruzado por una raya de bastardía.

Durante el curso académico 1876-1877, Dicenta ingresó en la Academia de Artillería de Segovia, pues su madre quería que siguiese la carrera militar, pero lo expulsaron por rebelde. En la facultad de Derecho de Madrid se matriculó cinco años, de 1877-78 a 1880-81, y el curso 1883-84. Quizá también estudiara Medicina los cursos 1881-82 y 1882-83, en los que abandonó Derecho, pues Dicenta cuenta en sus memorias que al segundo año de matrícula en Medicina, vendió los libros para convidar a una chalequera, dejando las aulas para novillear con ella por los «hoscajes del Retiro».

Dicenta contaba que tuvo entonces dos empleos, uno en la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos y otro en la secretaría particular de un ministro. En el primero estuvo un año, gracias a la bondad de sus jefes, pues apenas puso los pies en la oficina. En el segundo sólo duró veinticuatro horas. Dicenta escribía. «Esta intranquilidad, esta arisquez de mi persona, este no acomodarme a ningún estudio, trabajo o situación reglamentados y ordenados, es de esencia en mi buena o mala condición privativa. Merced a ella me ha sido posible conservar la personal independencia». Esta independencia le traería como consecuencia graves inconvenientes, disgustos y privaciones. Pero entonces por nada se asustaba. «Ser uno, uno mismo, es ya alguna cosa en este mundo, donde tan pocos saben serlo».

Dicenta señalaba que desde niño había sido aficionado a las bellas artes, novelas, dramas y libros históricos y filosóficos. «El teatro me sacaba de quicio». Entonces estaba de moda Echegaray y Dicenta hacía lo imposible para buscar «la peseta y comprar una entrada, y plantarme en el paraíso y presenciar los estrenos del maestro». Entonces el público iba al teatro «para hacer sosegadamente la digestión», distrayéndose con los chistes de las obras.

Dicenta confesaba que los primeros versos que escribió fueron por y para una mujer. Reconocía que aquellos versos habían sido muy malos, pero aún recordaba la hermosura de la criatura que los había inspirado. Fue un amor romántico, pero un buen día se enteró que aquella mujer era de otros más hombres. Entonces Dicenta abominó «de amorosos romanticismos y me dediqué al trato de hembras fáciles».

Entonces comenzó «una bohemia del artista joven y sin recursos, que quiere conquistar la vida y gozarla». Dicenta recordaba que de «redacción en redacción, de baile en baile, de biblioteca en biblioteca y de moza en moza, corrieron algunos años de mi vida». Vivía en libertad. La casa de su madre era como un refugio, donde regresar cuando el hambre apretaba, aunque no quería vivir a sus expensas, pues cobraba una «mezquina viudedad». Joaquín Dicenta vivió aquella juvenil bohemia «presidida por el amor y mortificada por el hambre».

Por entonces formó parte de la redacción de La Piqueta. Luego llamó a las puertas de Las Dominicales con una «oda revolucionaria» titulada Prometeo, que había leído en casinos y en todas las solemnidades del partido republicano. Sus amigos gritaban: «Ahí viene Dicenta con su oda» y echaban a correr. Allí conoció a Odón de Buen y a García-Vao. Entonces eran sus amigos Bonafoux, Sawa, Manolo Cid, Torromé, Reparaz, Luis París, Fuente, Ruiz Guerrero, Maifrén y Muñiz de Quevedo. A Bonafoux le debía la presentación oficial en el mundo impreso de las letras. Con Manolo Paso marchó durante veinte años, «el uno junto al otro, partiendo el pan, el dinero y las ilusiones». Todos estos escritores quedaron fuera de la generación de la Restauración y de la del 98, «apuntándolos a la bohemia, cosa que en nuestro país nunca ha dejado de tener un tinte descalificatorio», según señala Javier Barreiro.

Dicenta señalaba que «Inclinaciones invencibles llevaban mi trato más hacia la gente del pueblo que hacia los burgueses y aristócratas». Y continuaba: «De mujeres vale decir que casi todas mis más o menos bíblicamente conocidas usaban remoquete, vestían mantón y pañuelo de seda, pertenecían a la chulería oficiante y tenían puestos banderines de enganche en los bailes de Capellanes, Ramillete y la Flor». Ellas eran «Hez del pueblo, criaturas empujadas por la historia a los bajos fondos sociales, yo aprendí a estimar en el historial de sus vidas a la clase trabajadora». Y estudiando «la vida horrible de la mujer y del hombre obreros en el taller, en la obra, en la fábrica y en el terruño, en la superficie del mar y en las entrañas de la tierra, aprendí a admirarlas en sus honradeces a comprenderles en culpas ruines, a sentir ansias de reclamar para ellos la justicia que no se les daba y el pan que se les regatea», pues palpando «a las víctimas es más grande la compasión hacia ellas y más grande también el odio a sus verdugos». En esa dirección lo llevaron «mis aficiones y mis vicios». Y con ellos convivía «muy a gusto».

Estas actitudes de Dicenta son precursoras de lo que va a suceder sobre todo en los años veinte y treinta del siglo XX. Javier Barreiro escribía: «El escritor, atrapado entre la bohemia vital, cierta formación retórica propia de la Restauración y sus anhelos de justicia social y reivindicación de los desdichados, constituye un caso único pero a la vez muy representativo de esa España conflictiva, variopinta y en continua confrontación entre los cepos de su propia historia y el señuelo de la modernidad que protagoniza los lustros iniciales del siglo».

Dicenta recordaba que entonces había formado «formal pareja» con una cigarrera toledana, pero su madre, que la odiaba, forzó la ruptura. Al cabo de un tiempo Dicenta se la encontró a la puerta de su casa y juntos comenzaron a recorrer el paseo de Areneros. La mujer le confesó entonces que hacía ocho horas que se había tomado una caja de fósforos disuelta en agua. Murió sola en el Hospital general pues, como Dicenta no era su pariente, lo echaron cuando terminaron las visitas.

En 1895 Dicenta dirigió La Democracia Social, que había fundado su primo Ricardo Yesares. La empresa sólo duró un mes, vida larga para una empresa «sin cinco céntimos y sin ninguna melosidad». Los milagros, contaba Dicenta, no se explican. Entonces vivía con una sevillana de dieciséis años, que había llegado a Madrid a cantar en un café cantos de su tierra. Dicenta recordaba que comían y dormían a salto de mata. Aquel mes lo hicieron en el despacho del periódico. El sofá y los sillones servían de cama, arropados por el chaqué de él y por la falda de ella. «¡Qué redacción aquella! Qué simpáticos grupos de juventudes peleando entre miserias y hambres por un mejor mundo para todos los hombres, por un mejor porvenir para cada uno de los peleadores». Pero de nada hubo remedio. «Pobres Quijotes de una caballería nueva, caímos nosotros y cayó La Democracia Social, que de Rocinante nos servía, despaldillados, rotos al embate de las aspas contra las cuales embestimos». En 1897 Dicenta dirigirá Germinal y El País. Según Claire-Nicolle Robin, para Dicenta «la labor periodística es una forma de militancia y un compromiso del hombre con su sociedad»

Dicenta no quería hablar en sus memorias de sus primeros dramas, que no tuvieron «vida de escenario». Recordaba que cuatro temporadas había presentado a empresarios y actores su obra El suicidio de Werther, sin ningún resultado. «Vuelva usted, vuelva usted, otra noche que estemos más despacio. No corre prisa». Cuántas humillaciones había soportado Dicenta en el saloncito del teatro Español de Echegaray, Calvo, Vico, Cano y Sellés. En aquella época se sentía rendido y desalentado. Entonces su madre le llevó en secreto el manuscrito a Tamayo, para que diera su opinión sincera. Tras la lectura, Tamayo fue en busca del autor para felicitarle. El drama le había gustado y por eso se pudo estrenar. Tras el estreno, los periódicos no ilustrados le auguraron a Dicenta un porvenir excelente. Un editor le anticipó 500 pesetas, con las que celebró el triunfo con Cavia, Manuel Paso y Laserna. A la temporada siguiente estrenó una obra que no agradó al público.

En 1889 aceptó la dirección del periódico La Unión Liberal, de San Sebastián, por 500 pesetas mensuales y casa gratis. En él aguantó lo que pudo. Un buen día se hartó de hacer política. «En política, se llama hacer política a insultar a D. Fulano por la cuenta de D. Mengano, y en batirse con D. Mengano por la cuenta de D. Zutano». Dicenta recordaba que se había batido en dos ocasiones. Y sin dos pesetas se plantó de nuevo en Madrid, donde ingresó en El Resumen, gracias a Suárez de Figueroa. Dicenta escribía: «Las dificultades me embravecen, los odios me estimulan»,  y las «heridas que tumban a otros me acicatean a mí».

A partir de los años 90 la firma de Dicenta aparece en El Resumen, escribiendo cuentos breves. También lo hará en La Época, El Liberal, El Heraldo de Madrid o La Correspondencia de España. Jesús Andrés Zueco ha recogido ciento cuarenta y cinco cuentos originales de Dicenta, que fueron publicados en varios periódicos.

Sus primeros poemas se habían publicado en El Edén en 1884. Más tarde aparecerían en Las Dominicales, La Regencia, La Opinión, La Caricatura, La Iberia, El Imparcial, La Época, El Resumen, El Heraldo de Madrid, Germinal y La Esfera, entre otros. Como novelista se conocen cuarenta y cinco títulos, cuatro novelas y cuarenta y una narraciones cortas. Como dramaturgo, Dicenta fue autor de treinta y una obras estrenadas, once sin estrenar y una traducción.

Según Barreiro, Dicenta fue un «prodigio de energía, desmesura y generosidad», al que tampoco le faltaron detractores como Clarín, Unamuno, Pío Baroja, Azorín o Julio Camba. El único noventayochista que lo defendió fue Maeztu

Dicenta recordaba que cuando escribió Juan José atravesaba una época muy dura. El año anterior había estrenado una obra suya en el teatro de La Comedia con mala crítica. Algunos creyeron que era una venganza personal del autor, una primera actriz la había tachado de infamia y en los salones donde los burgueses se reunían «disfrazados de artistas», se pedía su cabeza. Los teatros lo vetaron y los periódicos tomaban sus artículos «muy de tarde en tarde». Dicenta confesaba que entonces vivía de la caridad en casa de unos obreros generosos. «Sin ropa que vestir y sin cigarros que fumar, escribí Juan José». Las últimas escenas estaban escritas en papel de envolver. «Se escribió como se pudo y donde se pudo».

Mucho trabajo le costó que en el teatro La Comedia escucharan el drama. Las primeras figuras de la compañía se negaron a representarlo, excepto Emilio  Thuillier. En los ensayos todo eran temores. En el ensayo general todavía se acrecentaron más. Dicenta salió aquella noche del teatro con un humor de perros. De camino a casa se tropezó en la calle de Sevilla con otro hombre también malhumorado y a las pocas palabras se levantaron los bastones sobre las cabezas. Dicenta recibió un fuerte golpe, que le partió dos muelas y todo el labio superior. «Hinchada la cara y disimulando la herida con el auxilio del bigote, salí a escena para recibir una ovación estrepitosa».

Al otro día Dicenta era ya un genio. «Hice de genio cuatro temporadas. No es poco para lo que se estila». Juan José quizá sea la obra más representada después de El Tenorio. En 1937 Rafael Alberti recordaba que Juan José se había representado 100.000 veces. En Madrid, Joaquín Dicenta llegó a ser todo un personaje. Era conocido en los cafés, en las tertulias, en las tabernas y entre los trabajadores. Algunos obispos prohibieron a sus feligreses asistir a las representaciones de Juan José.

Según algunos estudiosos, Dicenta no renovó el teatro, pues su Juan José fue «romanticismo disfrazado de blusa». El coloquio sobre el Mito de la rebeldía en el teatro europeo y latinoamericano, celebrado en Besançon, del 23 al 25 de noviembre de 1995, coincidiendo con el centenario de Juan José, puso de manifiesto «la perfecta originalidad de Dicenta en cuanto al tratamiento dramático y al tratamiento del tema social». Para Claire-Nicole Robin la «eliminación de la hojarasca teatral es la característica profunda de las obras teatrales de Dicenta».

Al terminar estas memorias, tituladas Idos y muertos, que le había pedido su amigo Zamacois y que recogían sus primeros años de vida hasta el estreno de Juan José, Dicenta se preguntaba: «Aquel ángel y aquel demonio que, según mi maestro de Psicología, andaban a la greña en los interiores de mi alma, siguen peleando aún. ¿Cuál de ellos triunfará?». Pedro de Répide en sus Calles de Madrid escribía que el ángel que pintó Plasencia en San Francisco el Grande, era el retrato de Joaquín Dicenta de niño.

Una segunda etapa bohemia, con dinero y fama, durará hasta el fin de los días de Dicenta, ya que siempre conservó su afición al vino y a las mujeres de vida alegre, su anhelo de libertad y ese vivir apasionado y turbulento que lo acreditan, como escribía Pérez de Ayala, como «el último de nuestros románticos, el romántico más romántico de cuantos ha habido en España».

Claire-Nicole Robin señalaba que Dicenta fue «hombre de extremos en su vida y en su creación». Y añadía: «intentó romper con las costumbres literarias y sociales al uso, creando este núcleo de resistencia que es la Bohemia, paladín de muchas causas nobles, asequible también a las nuevas influencias literarias». Para Robin, Dicenta no es naturalista ni realista, «porque el trazo apoyado, el sistema de contrastes, la violencia de los conflictos, la ausencia total y voluntaria de sicología, la irreductibilidad de los antagonismos dejan presentir otra forma de teatro, un realismo exacerbado que desembocará más tarde en el Expresionismo, que también es forma última del Romanticismo».

Andrés González-Blanco, en una reseña necrológica publicada en La Novela Corta del 3 de marzo de 1917, señalaba: «El insigne autor de Juan José representa el punto de confluencia de dos grandes corrientes literarias; el romanticismo y el naturalismo». Para González-Blanco el romanticismo de Dicenta era «la exaltación del individuo imponiendo al mundo el fuero de sus pasiones; es el hombre erigido en eje del universo; es el desprecio de todo imperativo categórico que no tenga su raíz en el instinto de vivir».

La popularidad y el triunfo no modificarán esencialmente la personalidad de Dicenta: dramaturgo vibrante y ferviente republicano, seguía profesando el más hondo aborrecimiento a todas las tiranías, incluidas las del teatro. Aunque Dicenta evolucionó literariamente, no lo hizo políticamente. Era amigo de Lerroux, de Pablo Iglesias y de Galdós. Dicenta participará en la Conjunción republicano-socialista en 1909. El Liberal anunciaba en 1909, que Dicenta era candidato a concejal republicano-socialista del distrito de la Latina de Madrid, que le obsequió con un banquete que presidió Galdós.

Por entonces redactó un informe sobre la Enseñanza Primaria en Madrid, que sigue siendo uno de los pocos documentos serios sobre el analfabetismo de la época. Por su parte, Dicenta sentía una enorme admiración por Giner de los Ríos.

El 13 de noviembre de 1913 se divulgó por Madrid la noticia del estado crítico de Dicenta, que se encontraba en Zaragoza. Manuel Machado, con motivo del entierro del maestro Francisco Giner de los Ríos en 1915, nos revelaba el estado físico de un hombre enfermo y profundamente abatido. «Joaquín se sentía morir y quería dormir el gran sueño junto a la tumba del más puro y el más santo de los hombres de su tiempo. Dicenta iba cavando mentalmente su fosa al lado de Giner de los Ríos».

El doctor Marañón, amigo de Dicenta, aconsejó su traslado a Los Molinos, Segovia, pero el destino lo llevó a Alicante, al Hotel Simón, a la misma ciudad y al mismo hotel donde hacía medio siglo había permanecido su familia. A las tres de la madrugada del 21 de febrero, martes de carnaval, dejaba de existir Dicenta.

Pedro de Répide escribió la crónica necrológica en El Liberal del 22 de febrero de 1917: «Ha muerto Dicenta, como Castelar, al lado del mar luminoso. Su cabeza española y romana, con un perfil algo de Fernando V, algo de Lagartijo, algo de León XIII, era típica de uno de los más extraños personajes de nuestra raza». Por su parte Alicante Obrero señalaba: «…que el ‘Alicante proletario’ debía acudir en masa a testimoniar su sentimiento y rendirle honores…». Es lo propio que hacemos en este primer centenario del fallecimiento de Joaquín Dicenta, el bilbilitano bohemio y desconocido.

Javier Barreriro señalaba, refiriéndose a Dicenta: «Su entrañamiento en la todavía tan mal estudiada bohemia, su decisiva influencia en la conformación de una ideología entre lo estrictamente popular y lo republicano radical, su peculiar visión del problema religioso, su personal teórica dramática, su labor como dinamizador en el terreno del publicismo y su eclecticismo estético esperan los estudios que, inexplicablemente, faltan desde hace casi un siglo». Corregimos a Barreiro, desde hace ya exactamente un siglo.

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