¡Qué regalones eran los tales frailes! Hasta para escoger los parajes de sus mortificaciones, ¡qué tacto, qué habilidad tenían! Vean Vds. qué retiro tan delicioso habían hallado en Piedra. Miren asimismo qué moradas tan cómodas y amenas en Huerta, Veruela, Poblet y Sobrado, se habían construido los Cistercienses. No hablemos de los antiguos Benedictinos, ni de los Jerónimos del Escorial y otros puntos. Y ¡qué desiertos tan pintorescos los de los Carmelitas descalzos, en Bolarque, las Batuecas, las Palmas y el Desierto junto á Portugalete! Y dejando á un lado lo de parajes y paisajes, ¡qué piedra tan malograda en sus construcciones y hasta en sus cercas y murallas! ¡Qué de puentes y calzadas, qué de escuelas y asilos de pobres se podían haber hecho con ellas!
Estas frases y otras análogas, y otras aún con mayores ribetes de impiedad, se oyen á cada paso al visitar ahora los restos de los antiguos monasterios destruidos ó próximos á desaparecer. Yo las he oído muchas veces, y ¿quién no ha tenido que escucharlas?
Recuerdo que una de las veces que tuve el disgusto de oírlas, fué en los claustros de Fitero, de boca de un bañista ricachón de Zaragoza, muy aficionado á las cosas de la Iglesia… por vía de incautación y á buena cuenta.
-¿Por qué no las construye Vd. en beneficio del país? le dijo un amigo mío, guiñándome el ojo.
-Yo no tengo obligación, nos dijo muy alterado, y casi iracundo.
-Tampoco los frailes, le contestamos los dos á la par.
Otra vez en Bilbao oía decir: ¡Cuánto mejor destino tiene hoy El Desierto, con sus fábricas, sus millares de obreros, sus chimeneas humeando! ¿Ha leído usted los versos zumbones del liberal Samaniego, burlándose de los frailes, que allí habían logrado fabricarse delicioso nido en el paraje más delicioso de España?
-Sí que los he leído, contesté, y sé que tienen más de tontos que de picaros, pues ni el paraje es el más delicioso de España, ni con mucho; ni tenía nada de ameno cuando allí lograron los frailes hacerlo fructífero, sano y delicioso, y en cualquier paraje de las inmediaciones podían hacer iguales prodigios, los que entonces, como ahora, quisieran ó quieran gastar dinero y paciencia.
Ni era necesario destruir aquel vergel frailesco para hacer una fábrica que en cualquier otro paraje se podía haber hecho lo mismo ó mejor.
Casi lo mismo podríamos decir de los citados monasterios y otros varios.
Pues ¿qué era el monasterio de Huerta en tiempo de Alonso VII?
Un cazadero en medio de jarales pantanosos, por donde se estancaban las encharcadas aguas del Jalon, semillero de tercianas y criadero de langosta.
¿Y qué eran las Batuecas y Bolarque?
Desiertos frecuentados por cabreros, donde tenían los pastores que defender los escasos pastos á garrotazos, contra los lobos y las zorras, únicos pobladores de aquellos jarales y malezas.
Y ¿qué era el monasterio de Piedra antes de que el rey D. Alonso II diera á los Cistercienses el pobre castillejo titulado de Piedra, con cuatro casuchas y otras tantas chozas?
Un páramo salvaje é inculto, por el estilo de otros mil, ó cuatro mil, que hay en Guadarrama, en Somosierra, en Sierra-Morena, en Sierra-Nevada, y en todas las demás sierras en el centro y en los extremos de España, en los que nadie se fija, que están esperando que los charlatanes, tahúres y holgazanes de casino vayan á visitarlos y fecundizarlos, gastando en ellos lo que malgastan en vicios; aventurando en su explotación lo que aventuran en el tapete verde, y trabajando en amenizar aquellos parajes en vez de charlar á tontas y á locas.
Si cualquiera de esos páramos y jarales donde sobran aguas, vistas pintorescas, frescas grutas é inexploradas cavernas, criaderos de langosta, nidos de ladrones y bandoleros, manantiales de tercianas y calenturas palúdicas por sus charcas de estancadas y corrompidas aguas, se cediera á una comunidad de Trapenses, de Cistercienses ó Carmelitas, antes de tres años, y á costa de la vida de algunos de los colonizadores, correrían las aguas estancadas y serían cristalinos arroyos; habría prados artificiales ó naturales donde sólo se ven hediondos é insalubres pan-tanos; estarían roturados los criaderos de langosta, y recorrería seguro el pastor los parajes donde hoy sólo viven zorras, lobos y ladrones. Pero veinte años más adelante, cuando allí hubiese hermosa alameda, estanque de peces, ricos campos de mieses, hermoso y despejado paisaje; el hijo del tahúr, del holgazán, del politicastro y del charlatán parlamentario, al ver aquello diría, como es costumbre: ¿Qué regalones son estos frailes¡ ¡Qué buena maña se han dado para atrapar este vergel! ¡Qué bien han sabido escoger el paraje para sus mortificaciones!
Hoy todos se apresuran á visitar el ex-monasterio y actual fonda de Piedra, y al par que se ensalzan las maravillas de la naturaleza, realzadas y exploradas hasta con luces de Bengala, es de rigor en casi todos los escritores, turistas y visitadores, murmurar de los antiguos monjes. Lo que allí hay lo saben todos. Periódicos políticos, artículos de revistas nacionales y extranjeras, libros en sentido liberal y en sentido católico (uno de estos, el de Vd., mi querido amigo y Director de esta Revista), lo han dado y están dando a conocer; y de paso algo de lo antiguo y de su arqueología. Pero ¿hay quien describa por contraposición de lo que fue aquello en tiempo de los monjes, en el primer tercio de este siglo? Pocos quedan ya para decirlo, y esos callan. Yo ví el monasterio en mi adolescencia y en mi juventud. Yo lo ví cuando había allí Abad y monjes, y me honré más adelante con la amistad del último Abad y de lagunos de los antiguos pobladores del monasterio; y vi también, doce años después, es esqueleto de aquel edificio, el cual había visto lleno de vida; y ví quemar los altares y la desolación del templo del santuario.
Voy á evocar los recuerdos de mi adolescencia y de mi juventud, para decir lo que era el monasterio de Piedra á Principios de este siglo.
PRIMER VIAJE
S I.
Era el año de 1830 cuando visité por primera vez el monasterio de Piedra siendo adolescente.
Con un Cura de Nuévalos, preceptor de latinidad en Calatayud (dómines los llamábamos entónces), subí desde aquella ciudad á su pueblo, en cuyos confines está situado el monasterio.
Pasamos por Munébrega, ó Monobriga, que se ríe, ó pide excepción, de la teoría de los que dicen que briga significa puente, pues como no tiene río, está esperando á tenerlo para tener un puente que sea briga, y que le diera nombre, según Marcial… et suo nomine brigas.
De Munebrega salieron en la Edad Media, y sobre todo en el siglo XIV, muchos personajes célebres, que ensalzaron el nombre, y áun los ilustres solares de aquel pueblo. De allí era el Cardenal Lobera, fiel y aun tenaz amigo de su terco paisano el anti-papa Luna; en cuyo cráneo no encontrarían hoy día fácilmente los frenólogos el desarrollo del órgano de la tenacidad, ó sea tenacitividad, que dicen que está situado en la región occipital, vulgo cogote. Traslado á mis paisanos, pues yo, por más que paso la mano por aquella región, no hallo cosa mayor.
De Munébrega era también el célebre Maestre Heredia, honra de la célebre caballería de San Juan, cuando se refugiaba en Rodas, y limpiaba el Mediterráneo de piratas musulmanes.
Entre Munébrega y Nuévalos hay buenas é inexploradas canteras de mármoles, donde suelen recoger los aficionados curiosas dandritas y piedras con caprichosos dibujos de arbustos y de plantas.
Nuévalos por su posición es una especie de Toledo.
Como los viajeros que van á Piedra, la mayor parte no hacen más que entrar y salir, Césares de las tres vvv, vine de prisa, vi á la carrera, y me volvi á escape, nada saben de los históricos y pintorescos cuanto ignorados pueblos, de fuera de carretera, que rodean á Piedra. Nosotros, que vamos evocando recuerdos antiguos, no omitiremos los de las inmediaciones, harto curiosas cuanto ignoradas. Á fuer de viejos divagaremos algo, que quien bien quiere á la col, quiere las hojas de alrededor; y quien bien quiere á Piedra, bien quiere los pueblos de sus inmediaciones; las glorias históricas de Munébrega; las tradiciones religiosas y bélicas de Nuévalos; el romancesco castillo de Godojos; las misteriosas cuevas de Ibdes, no visitadas por los turistas, aunque bien lo merecen, y sobre las cuales será posible que, algún día, algún Colon madrileño, ó extranjero, nos haga revelaciones á la luz de un modesto candil (que las luces de Bengala no son para todos los días), y aun puede que algún devoto ó devota de Madrid, vaya á visitar el Sacro Dubio de Cimballa, ó la Sábana Santa que hay en Campillo. Y ¡quién sabe si algún naturalista osado, ó algún individuo de la Sociedad geográfica, después de hacer testamento y tomar precauciones, se aventurará á montar en modesto jumento, y en vez de penetrar en el interior de África para buscar las fuentes del Nilo, llegará, á fuerza de fortuna y osadía, hasta las márgenes de la misteriosa é inexplorada laguna de Gallocanta!
(Pícaros frailes que no supieron utilizar la laguna de Gallocanta! Si ellos hubieran construido allí un monasterio, saneado y fertilizado aquello, qué bien nos vendría ahora para decir, ¡qué regalones eran los frailes!
¡Quién sabe si estas agridulces ó semiburlonas observaciones servirán para que algún viajero de los que van á Piedra, cayendo allí, cual piedra que rompe el cristal del estanque, vaya extendiendo el círculo de sus observaciones á guisa de concéntricas ondulaciones, y explorando las inexploradas riquezas y bellezas de aquel país.
Al fin los viajes á Piedra han dado á conocer á los entusiastas madrileños que allí se crían buenas, muy buenas truchas; y ¡cuán grato no es al estómago del viajero, después de observar las maravillas de la naturaleza, realzadas por la civilización, saber que aquellas cascadas, aquellos juegos de aguas, después de recrear su vista y exaltar su imaginación, servirán también para refocilar su estómago!
Ya Pedro Suputo le decía á Felipe IV, que con ser rey de España no valía nada lo que comía en Madrid para las cosas buenas que podía comer en Aragón, y se las refería, y casi denunciaba, una por una, y pueblo por pueblo: y picado un poco el Rey-poeta, al saber que no disfrutaba de tan buenas cosas, le contestaba: -¡Todo eso será muy cierto, Perico, pero tampoco me negarás, que tus paisanos los aragoneses tienen la rara habilidad de hacer, con riquísimas uvas, los peores vinos de España!
¡Hermanos míos, decía un predicador, el que quiera honra que la gane! Así les digo yo á mis paisanos. Y volvamos á Nuévalos, que está ya cerca de Piedra, pues á pocos rodeos como este, no sé yo cuándo llegaremos á la histórica y feudal Abadía, retrocediendo desde la laguna de Gallocanta.
S II
También Nuévalos tiene, mejor será decir tenía, mucho de histórico y feudal. Alzase sobre un suave repecho al cual rodea casi por completo el río Piedra, que después de despeñarse estruendoso por el chorro palomero, viene manso y humilde por un vallecito ameno á estrellarse en el cerro donde anida Nuévalos. No hallando salida las aguas, fueron buscándola por entre los cerros, y se ve, como en Toledo, la unión de ellos, durante siglos y siglos formando el cauce por donde se escapan de su prisión. En lo más alto del cerro está la iglesia: sus cimientos están sobre un terrero escarpado é inaccesible. El que da vuelta á la iglesia de Nuévalos gana indulgencia plenaria, suelen decir por aquella tierra; pero sin alas no es posible ganar la tal indulgencia.
Las tropas de D. Pedro el Cruel sitiaron en vano el enriscado pueblo, al cual defendía en otro tiempo doble muralla torreada, que cerraba lo que podíamos llamar el istmo. Y añaden los cronistas de aquella tierra, y entre ellos Martínez del Villar, célebre jurisconsulto de Munébrega, que exasperado D. Pedro por la resistencia, mandó a los canónigos de la célebre colegiata del Santo Sepulcro en Calatayud, cuyo era el pueblo, mandasen á los vecinos que se rindieran. Pero el canónigo que entró no quiso salir, y exhorto al pueblo a resistir a todo trance, lo cual llevó el Rey muy a mal, y lo hizo pagar a los otros canónigos en Calatayud, quemándoles casa y archivo.
Pues una tardecita del mes de Setiembre acordaron varios curas del dicho pueblo de Nuévalos, y un fraile Dominico, que allí estaba, subir a Piedra de paseo para que viésemos el monasterio los que no lo habíamos visto, y saludar al Abad y a otros monjes, los que ya lo conocían ó tenían que tratar con el.
El camino por donde íbamos era triste y solitario por el lado oriental del promontorio, que une a Nuévalos con Piedra. Lo que tiene de alegre, feraz y pintoresco el vallecito por donde corre el río Piedra a la parte Occidental, tiene ó tenía de árido y triste, el otro valle por cuya ladera caminábamos. El Vicario de Nuévalos, que iba en la comitiva, se proponía hacerlo tan risueño y feraz como el del otro lado. Al efecto había pedido á los monjes le dejasen tomar aguas de un arroyo, que pasando por un lado del monasterio, se precipitaba por la ladera Occidental á confundir sus aguas inútilmente con las del río. Los monjes no hallaron inconveniente en ello, al menos al pronto. El proyecto parecía descabellado. Algu nos suponían al pobre Cura ó Vicario algo tocado de la cabeza; chiflado dan en decir ahora.
Llamabanle Vicario, porque los Canónigos del Sepulcro, cuyo era el pueblo, habían anejado la iglesia y rentas de Nuévalos para el Prior, que solía no ser Canónigo, sino un Comendatario, que en el siglo XVII nombraba la Curia romana, y en el siglo pasado nombraba la Corona. No digamos el Rey, pues los Ministros solían tener interés en ahorrar a S. M. las incomodidades de las regalías, aun en aquellos tiempos. Así que el Cura propio de Nuévalos era el Prio , el cual ponía allí un Vicario, que levantaba las cargas del ministerio parroquial, cobraba las rentas y las remitía al Prior, el cual le retribuía con modesta pensión.
El pobre Vicario nos llevó a ver los trabajos de su mina. No había ingeniero que la dirigiese, ni dineros para la obra: el Cura pedía y pedía, pero recogía poco de los propietarios, cuyos campos habían de mejorarse pasando á ser de regadío los que eran de secano: algunos jornaleros iban a trabajar cuando no tenían que hacer. Por la parte por donde entramos apenas había abiertas unas cincuenta varas. De los diez ó doce que íbamos en la comitiva, unos aplaudían al Cura y hablaban de la mina de Daroca abierta por Mossen Pierres Bedel; otros, a espaldas del Cura, se llevaban un dedo á la frente con desdén.
Á mitad del camino, y donde torcía este, había un pairon con una pequeña efigie de la Virgen del Pilar. Llaman pairones en Aragón á los postes rústicos de piedra ó ladrillo donde suele haber a la intemperie alguna efigie religiosa de la Virgen ó de algún santo, ó por lo menos con el emblema de la redención. Todos nos descubrimos para rezar el Ave-María con la consabida jaculatoria, que todos los buenos aragoneses y navarros dicen al dar la hora en el reloj.
-¡Bendita sea la hora en que Nuestra Señora del Pilar vino en carne mortal a Zaragoza!
Uno de los Curas nos refirió el motivo de haberse construido aquel pairon en tal sitio, y pocos años antes. Durante la guerra de la Independencia unos franceses, que subían al monasterio, llevaban presos a varios vecinos de Nuévalos y otros pueblos inmediatos. Al comandante de la columna se le antojó fusilar a varios de ellos. Un vecino de Nuévalos, al ver que iba á ser víctima de aquel acto de barbarie, se encomendó a la Virgen del Pilar, dio un salto terrible y se arrojó por un derrumbadero, saliendo ileso de varios tiros, y no pocos, que le dispararon en el momento de huir, y luego en su desesperada fuga. Agradecido á este favor de la Virgen, que él y otros tuvieron por milagro, erigió aquel pairon, en donde habían perecido los otros, y donde él había logrado salvar su vida.
El camino era solitario y agreste, mala senda entre pedruscos y malezas como casi todos nuestros caminos de vecindad. Aquella soledad triste y estéril que indicaba bien á las claras lo que era aquello antes de que los monjes utilizaran. y fecundizasen aquel desierto, predisponía para entrar al monasterio.
De pronto apareció a nuestros ojos un alto y fuerte torreón cuadrado, con sus almenas y matacanes. Habíamos llegado al monasterio.
S III.
Toda mi vida me acordaré de la impresión que me causó la vista de aquel torreón, única cosa que al pronto se descubría. No había yo leído novelas, ni visto láminas de castillos feudales, ni descripciones de las grandes abadías de Fulda, de Cluny, de Monte Casino y de otros puntos de Italia, Francia y Alemania. No había visto de aquel género sino los torreones de Daroca, con que estaba familiarizado desde mi niñez, y su séria puerta baja. Así que la extrañeza y admiración fueron para mi completas. El Sr. Parcerisa la dibujó en sus preciosos Recuerdos y bellezas de España, obra no tan conocida y apreciada como fuera justo, y en que la exactitud de los dibujos, sin el auxilio de la fotografía, compiten con la galanura y profunda , al par que concisa erudición; de mi querido amigo, y antiguo compañero, el mallorquín D. José María Cuadrado, poeta en prosa.
Pero me esperaba otro espectáculo todavía más grato y sorprendente para mí. Al llegar cerca del torreón salía el P. Abad del monasterio, D. Inigo Melendo. Su bella figura y elevada talla aparecían realizadas por la amplia y plegada cogulla de rica estameña blanca. Al pecho llevaba rico y grande pectoral pendiente de áurea cadena. A dos pasos detrás de él venían otros dos monjes, uno anciano, el otro joven. Un Obispo no impondría más destacando de la penumbra al salir por la puerta del torreón. Este servía de prisión, y para entrar en él era preciso subir por escalera de mano. Si yo fuese pintor estaba seguro de hacer un buen cuadro representando esta escena. Había en ella dos o tres mendigos, que en actitud humilde esperaban alguna limosna u otro favor, ó quizá entrar a trabajar en las haciendas; la comitiva de tres curas, un fraile y cuatro personas más de distintas edades, trajes y condiciones, avanzando á saludar respetuosamente al P. Abad. Cuando después de un rato mi preceptor me presento al P. Abad, y éste supo mi apellido y quién era, me levanto cariñoso y me habló de tú. -¿Qué tal está tu padre? Eran amigos y condiscípulos desde la niñez. Recomendóme desde luego el buen P. Iñigo al anciano cillerer, que iba con él; y luego marchó en compañía del otro monje joven con dos Curas y otros dos seglares que tenían que hablar con él, sobre los asuntos de la mina, y algunos otros negocios, mientras que los demás marchábamos en compañía del cillerer ó mayordomo, a la cillerería, donde nos sirvieron chocolate, melón y ricas frutas.
La entrada del monasterio, pasado el torreón feudal, era descuidada, y dejaba mucho que desear: por allí sobraba terreno.
En la portería seglar había una modesta capilla, que servía de parroquia para los numerosos dependientes del monasterio, que no bajaban de ciento entre pastores, labradores, criados y mozos de mulas. Entre ellos nombraban todos los años un alcalde, que ejercía la jurisdicción civil en nombre del Abad, y aun la criminal en los casos, aunque raros, que ocurrían en el territorio del monasterio. Un monje servía de párroco para la gente seglar que se cobijaba dentro de su recinto. En la iglesia del monasterio no entraba esta, ni menos mujeres, á no ser de la grandeza y con sus padres ó maridos. Solamente el día del Corpus, mientras salía la procesión de la iglesia, y recorría la gran plaza ó patio que había delante de ella, era lícita la entrada á las mujeres, que de muchas leguas á la redonda acudían a verla, llevadas de la gran curiosidad que excitaba esta misma prohibición.
Por desgracia la iglesia había padecido mucho en su arquitectura y ornato durante la guerra de la Independencia, y aún más por las desastradas y desastrosas restauraciones hechas en el siglo pasado.
El altar mayor era un inmenso armatoste de madera dorada, figurando estilo corintio, y esto en una iglesia gótica de la Edad Media. Por desgracia la iglesia había sido también escorializada, esto es, embadurnada al estilo moderno. Dios en su misericordia habrá perdonado ese pecado artístico á los benditos que lo cometieron creyendo acertar.
A lado del Evangelio estaba la capilla de San Bernardo, del mismo gusto que el resto de la Iglesia. A derecha é izquierda , en dos grandes lienzos apaisados, se veía pintada la célebre tradición del monasterio, relativa al romántico suceso de cuando quisieron los diablos quemarlo, para lo cual en menos de una hora desmontaron gran parte del pinar de Ruesca, trajeron los maderos por los aires al monasterio, llenaron los claustros y rodearon de ellos la iglesia, en la que no se atrevieron a entrar, y se disponían a prender fuego; cuando, al toque de la campana, y por las oraciones de San Bernardo, huyeron despavoridos los demonios, dejando allí toda la leña a beneficio de la casa.
Recuerdo que en uno de los cuadros había un negrazo que soplaba un tizón a medio encender: en el otro, uno de los diablos hacía una gran pirueta con las piernas por alto, apoyando sus armadas garras en uno y otro cerro, por entre los cuales se despeñaba el río.
Como en la iglesia no entraban mujeres no hacía falta coro. La comunidad lo tenía en el centro de la iglesia, compuesto de una modesta sillería, que hoy está colocada en la sala consistorial de Calatayud. Rodeaban esta unas mamparas de lienzo, para abrigar algún tanto aquel recinto, donde pasaban mucho frío en las rígidas noches del invierno. En dichas mamparas estaban representados varios pasajes de la vida de San Bernardo, por cierto de pincel harto desgraciado.
Vimos, pero solamente por la parte exterior, el precioso relicario, que hoy conserva la Real Academia de la Historia, y que es una de las más ricas joyas, que nos ha legado el arte de la Edad Media, codiciada por los extranjeros. Del Sacro Dubio que en ella se guardaba, llamado así por la duda que sobrevino a un clérigo de Cimballa al consagrar aquella hostia, nada hay que decir. Todas las historias relativas al monasterio hablan de ella, y sería excusado repetir lo que todos dicen.
En un gran patio interior paseaban varios monjes jóvenes; otros jugaban á la pelota con palas, hasta el momento en que la campana los llamó al coro. La vida no era regalada á pesar de la riqueza y suntuosidad del monasterio. Había Maitines á media noche, y esto no sería muy halagüeño a los que hablan de la vida regalona. Sólo se eximían de asistir á ellos los que llevaban treinta años de profesión. Todos los viernes había disciplina, en Adviento y Cuaresma con más frecuencia, y lo que solía llamarse Miserere con música de cuerda …. en las espaldas. No se permitía á ningún monje entrar en la celda de otro. La comida no era delicada, y aun á veces escasa. Los monjes de Piedra habían conservado fama de rigidez y autoridad, aun cuando otros se habían relajado, y de sus claustros salieron el Venerable Vargas, el P. Portillo, y otros, que reformaron los monasterios, no tan sólo de varios puntos de Aragón, sino también de Castilla, León y Portugal.
Nada diré de las cascadas que vimos ya entonces, del hermoso aspecto de la frondosa huerta y sus sombrías laderas, de la Cola de caballo, del chorro palomero, alrededor del cual daban vueltas las grandes bandadas de palomas, que venían á guarecerse durante la noche en la oscura caverna, ni de la extensión de la muralla de rico, pero tosco mármol, ni de otras cosas que allí había, y que han descrito tal cual ahora están los que escriben acerca del monasterio en su actual estado.
Lo que no dejaré de referir es la portentosa anchura de su grandiosa escalera y enormes claustros. Recuerdo haberlos visto más largos, entre ellos el interminable de San Martin de Santiago, de kilométrica longitud, pero tan anchurosos, tan descomunales como los del monasterio de Piedra, no los he visto en ninguna parte. La escalera era tan grandiosa, que no la del Escorial, sino la de palacio, cabrían holgadamente dentro de ella y sobraba mucho. La tradición decía que aquellas enormísimas y larguísimas vigas, con que estaban construidos los claustros y la escalera, eran de los que habían traído los diablos á media noche para quemar el convento. Aún nos enseñaron unas largas vigas, que había en el patio exterior cerca del torreón de entrada, y no sé á punto fijo, sino en tono de broma, ó por creerlo así, nos dijeron que eran de las que habían sobrado, después de quemar otras muchas.
VICENTE DE LA FUENTE.
(Se continuará.)