CASINOS, TEATROS Y CAPILLAS DE MÚSICA DE CALATAYUD EN 1911

Francisco Tobajas Gallego

            El Noticiero publicaría el 10 de septiembre de 1911 una crónica, que se firmaba con el seudónimo de Minúsculo. En ella se hacía un recorrido por los casinos de Calatayud. Escribía que el Casino Bilbilitano había sido fundado en 1855, por cincuenta socios. Ocupaba el piso principal del antiguo palacio del barón de Warsage y constaba de ocho salones (llamados: verde, rojo, de tresillo, blanco y de recreo), además de las cocinas y demás dependencias. Su biblioteca era numerosa y escogida, con diarios y revistas semanales españolas y extranjeras. Poseía cuartos de baño con pilas de gres y calefacción por vapor, con aparatos de la casa Pleckler, que habían sustituido a una antigua chimenea, que gastaba al día de veinticinco a treinta arrobas de leña. La cuota era de 4 pesetas y la entrada de 10 pesetas.

Fotografía: Alfredo Piqueras
Fotografía: Alfredo Piqueras

            A una corta distancia del Casino Bilbilitano, se podía distinguir la bandera tricolor, en los balcones del Casino Republicano. Ocupaba el piso principal del n.º 5 de la Rúa. Contaba con entre ciento cincuenta y doscientos socios, que se servían de un salón amplio, aunque decorado con pobreza.

            Se había fundado en junio de 1910, siendo su primer presidente Ignacio López Ruiz, entonces primer teniente alcalde del ayuntamiento, que contaba con nueve concejales republicanos. En 1911 era presidente Justiniano Gaspar. Disponía de biblioteca. Los socios querían fundar entonces una cooperativa y una escuela laica. Los socios protectores pagaban 3 pesetas al mes, los activos 2 y 1 peseta, y los pasivos 50 céntimos. Se podía ingresar a los dieciséis o diecisiete años.

            En los meses de diciembre, enero, febrero y marzo se ofrecían veladas político-sociales. Este casino no organizaba bailes, ni otra clase de veladas. Estaba suscrito a ocho periódicos de la cuerda de Zaragoza y Madrid.

            En la misma casa y contiguo al Casino Republicano, tenía su sede la Asociación de Dependientes de Comercio, que disponía de un salón, con cuatro balcones a la Rúa, que estaba decorado con modestia. Se había fundado hacía tres años y contaba con cincuenta socios, que pagaban 1 peseta al mes. Los socios se mostraban divididos, ante la posible desaparición de esta asociación, que quizá ocurriera al final de aquel mismo mes.

            Acompañado por Jacinto del Pueyo, Justo Navarro y José Francia, el articulista visitaría el Círculo Católico de Obreros, que ocupaba el piso principal de una casa de la calle de las Aulas. Se trataba de un edificio señorial, con amplia escalera. Contaba entonces con trescientos socios. Se había fundado a últimos del año 1885. Disponía de un salón de actos con un amplio escenario, decoración agradable e iluminación abundante, con hermosos aparatos. Este salón hacía las veces de café. Había otro salón más reducido, donde se reunía la junta y se daban clases a los obreros, de leer, escribir y cuentas, los meses de: noviembre, diciembre, enero y febrero. También disponía de una biblioteca.

            El conserje tenía en él una habitación. Los socios honorarios y activos pagaban 1 peseta al mes y los pasivos 50 céntimos. Había establecida una Caja de Socorros. Los socios activos que enfermaran recibían 1 peseta diaria durante cuarenta días y 50 céntimos diarios durante sesenta días más. El Círculo contaba con un excelente cuadro dramático. Celebraba la fiesta de su Patrón, san José. Los Estatutos fijaban la celebración de veladas y comuniones los días de: san Iñigo, la Virgen de la Peña y la Purísima. Afecto al Círculo funcionaba el Sindicato Agrícola.

            La Junta del Círculo Católico de Obreros estaba compuesta por: Justo Navarro, presidente; Antonio Sánchez, vicepresidente; Antonio Bravo, consiliario; Juan de la Fuente, depositario; José Gormaz, Martín Franco, Domingo Pérez y Carlos Tafalla, vocales: Vicente Gallástegui, secretario, y José María Carnicer, vicesecretario.

            A los socios del Círculo Tradicionalista, los consideraba como el sostén más firme de la fe cristiana en la ciudad. Eran valientes, entusiastas y buenos católicos, además de ser los mantenedores de la libertad. Escribía que, gracias a ellos, los católicos podían concurrir tranquilamente a todos los actos religiosos.

El Círculo estaba instalado en un edificio que presidía la plaza del Carmen. Ocupaba todo el piso principal y el balcón central era una soberbia rotonda. El salón de actos, habilitado para café, era algo reducido para los trescientos cincuenta socios, pero estaba decorado con gusto y arte. Lo presidía una ampliación a lápiz de don Jaime de Borbón, acompañado a los costados con los retratos del los generales Cavero, Villalaín y Marco de Bello, con los señores Mella y Esteban Muñoz, además del retrato del papa Pío X.

Contaba con dos salas para las clases nocturnas de los socios, con material completo. Otra sala se dedicaba a escuela de orfeonistas, otra a ropero y una más a secretaría. Contaba con un bonito jardín y biblioteca. Los socios honorarios, activos y pasivos pagaban: 3 pesetas, 1 peseta y 50 céntimos, respectivamente, a últimos de cada mes. El Círculo tenía el propósito de establecer una Caja de Socorros, para enfermos y menesterosos. Entonces se les auxiliaba, según los fondos disponibles en caja. Su presidente era Gregorio Moreno y vicepresidente José Francia Perales.

En este mismo número de El Noticiero del 11 de septiembre de 1911, se escribía que el Coliseo Imperial, que se había inaugurado para las ferias de septiembre, se levantaba próximo al Teatro Principal. El articulista se preguntaba que si el Teatro Principal permanecía cerrado largas temporadas, cómo iban a prosperar desde entonces en la ciudad los dos teatros. Señalaba que los propietarios-empresarios del Coliseo Imperial, se habían propuesto moralizar el arte escénico, desterrando las groserías habituales de aquellos tiempos. La empresa no sería lucrativa, pero sus fines eran nobles. La prensa católica había dado calor al proyecto, pero a los pocos días se habían ido a pique los buenos propósitos. Los carteles anunciaban obras del calibre de Las Bribonas y avisaban de La Corte del Faraón. Los católicos y aquellos que no gustaban de ir a los teatros, donde solamente se servían pantorrillas y anticlericalismo, se llamarían a engaño. Y añadía que, siguiendo la senda iniciada, la empresa iría a la bancarrota moral y materialmente.

El Coliseo Imperial se había levantado en un solar del marqués de La Vilueña, según modelo del Parisiana de Zaragoza. Contaba con trescientas treinta y seis butacas, dieciséis palcos, pasillo, paseo, anfiteatro, cuatro palcos y galería segunda o paraíso, para cerca de tres mil espectadores. Se había comenzado en marzo y se había acabado en septiembre de 1911, encargando su administración al empresario y pintor Estanislao Blasco. En las obras habían participado los albañiles Gil y Badesa. En su inauguración, había actuado la compañía cómico-lírica de Emiliano Belber, dirigida por el primer actor José Talavera y el maestro Estellés, con la obra El conde de Luxemburgo, de Franz Lehár.

La decoración se debía al bilbilitano Rafael Blasco. El telón de boca era de terciopelo verde con borla. La sala estaba adornada con espejos y plantas. En el techo destacaba el escudo blasonado de la casa marquesado de La Vilueña.

Señalaba que el Teatro Principal era muy mono, pero de pequeñas dimensiones. Contaba con tres pisos y palcos en los entresuelos. Pensaba que, restaurándolo con cariño y dando a la decoración tonos más claros y más alegres, resultaría precioso. Era el preferido de las familias acomodadas, para que las muchachas exhibieran las ricas galas de sus atavíos.

Recordaba que hacía años, la ciudad ya contaba con una Banda de Música, que dirigía Ignacio Nogueras. Luego llegaría a tener dos bandas, aunque entonces solamente contaba con una, que dirigía Tomás Castejón.

La Capilla de Santa María la dirigía Vicente Gallarte, y estaba compuesta por seis músicos (Enrique Narro, Vicente Nogueras, Francisco Pascual, Antonio Montón Marco, Alejo García y Silvestre Vela), con tres infantes. Señalaba que la colegiata guardaba un archivo notable.

La Capilla del Sepulcro estaba a cargo del beneficiado Ildefonso Pardos. Contaba con cinco músicos (Mariano Clemente, José Remacha, José Roig, Enrique Comes y Jacinto García), con otros tres infantes.

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NUEVA PUBLICACIÓN DEL CENTRO DE ESTUDIOS BILBILITANOS

CALATAYUD EN LA EDAD DE PLATA DE LA CULTURA ESPAÑOLA

Francisco Tobajas Gallego

            El pasado 21 de enero de 2026 se presentó, en el Salón Multiusos del Ayuntamiento de Calatayud, el libro editado por el Centro de Estudios Bilbilitanos: Calatayud en la Edad de Plata de la Cultura Española.

            En este libro se publican las cuatro conferencias que el CEB organizó en noviembre de 2024, en colaboración con el Ayuntamiento de Calatayud, con este mismo título, aprovechando la conmemoración del primer centenario del fallecimiento de Juan Blas y Ubide, acaecido en 1923, y el correspondiente al fallecimiento de Sixto Celorrio Guillén, ocurrido un año más tarde, en 1924.

            En estas conferencias, Carlos de la Fuente Sanjuán se ocupó del homenaje a la mujer bilbilitana, que se celebraría en las ferias de septiembre de 1924. Ideado por Darío Pérez, perseguía ser un acto de desagravio a las mujeres de la ciudad y aragonesas, que reparara de alguna manera la famosa copla de la Dolores, de José Feliú y Codina.

Elisa Sánchez Sanz se ocuparía, pormenorizadamente y desde el punto de vista antropológico, de la obra literaria de Juan Blas y Ubide, especialmente en sus dos novelas: Sarica la borda y El Licenciado de Escobar, sin olvidar sus cuentos recopilados bajo el título Las caracolas y otros trabajos variados.

Carmen Agustín Lacruz y Manuel Clavero Galofré trataron de la biografía y trayectoria artística del pintor y fotógrafo bilbilitano José Llanas Senespleda, y su actividad como autor de series de postales de: Calatayud, Alhama de Aragón, Sallent de Gállego, balneario de Panticosa, Teruel y el Monasterio de Piedra.

Javier Barreiro se ocupó de la vida y de la obra de Sixto Celorrio, el poeta del cantar, que ha eclipsado su dedicación a la política como: diputado provincial, diputado a Cortes, gobernador civil y senador.

A este libro se añade una interesante lista de personajes de Calatayud, que roza el centenar, desde la época de la Restauración borbónica hasta la Segunda República Española, 1874-1931, recopilada por José Ángel Urzay Barrios. En ella tienen cabida: los políticos, con los diputados a Cortes que representaron al distrito de Calatayud, los profesores y educadores, tanto del colegio de La Correa, como de otros centros de educación privados, sin olvidar a los que tuvieron a su cargo la enseñanza primaria pública. También se ocupa de los catedráticos y profesores del Instituto Primo de Rivera.

En esta larga lista se incluyen a los periodistas locales, que escribieron en los diferentes diarios de la ciudad, a los fotógrafos, a los letrados, a los profesores y a los historiadores. Asimismo se citan a los importantes científicos bilbilitanos, a los militares, al clero, a los escritores y dramaturgos, a los músicos y cantadores de jota, a las cupletistas, a los pintores, a los escultores y a los arquitectos.

Para cada uno de los personajes, se ha conseguido reunir una abundante y esclarecedora información bibliográfica y numerosas citas hemerográficas. El trabajo también incluye una extensa bibliografía relacionada con los personajes tratados, en una época en la que Calatayud alcanzaría un importante desarrollo económico, que llevaría parejo una interesante actividad cultural.

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO: Calatayud en la Edad de Plata de la cultura española

El Centro de Estudios Bilbilitanos presenta su publicación n.º 176, Calatayud en la Edad de Plata de la cultura española, de José Ángel Urzay Barrios, Carmen Agustín Lacruz y Manuel Clavero Galofré, Carlos de la Fuente Sanjuán, María Elisa Sánchez Sanz y Javier Barreiro Bordonab

El acto de presentación tendrá lugar el miércoles, 21 de enero de 2026, a las 19 horas en el Salón Multiusos del Ayuntamiento de Calatayud (Plaza de Costa, 14).

¡Os esperamos!

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CUANDO LA CALLE DE DATO SE LLAMABA LA RÚA

Francisco Tobajas Gallego

Pedro Montón Puerto, en su trabajo publicado en Cuadernos de Aragón 10-11, IFC, 1978: «Una novela sobre el Calatayud el siglo XIX, El Pedroso y El Templao», hacía referencia a esta novela de José María Matheu y Aybar (1847-1929), Mariano Escar, Zaragoza, 1905.

Según Montón Puerto, en ella se hacía una descripción de la Rúa bilbilitana: recta, torcida, angulosa o más bien culebreante, a semejanza de un río que cambia de cauce a capricho, con sus curvas inesperadas y sus repentinos crecimientos. Así la calle empieza con una cierta estrechez en la plaza del Parque; pero a los pocos pasos se ensancha muy a gusto, para volver a estrecharse unos cuarenta metros más arriba. De todos modos, en su primera parte aparece como una de las mejores de la villa por sus diversas tiendas, dos amplios cafés, su correspondiente casino, sus buenas zapaterías, sillerías, relojerías, farmacias, ferreterías y ultramarinos, con sus despachos de vinos y hasta de horchata y helados en verano. Luego se estrecha de nuevo, se inclina a la derecha, tuerce a la izquierda, y cuando más adelante, a unos trescientos pasos, forma a ser anchurosa pierde algo de su fisionomía urbana de villa rica para tomar el aspecto de calle de un pueblo agrícola de humilde vecindario. Las tiendas se hacen lóbregas, se empequeñecen, empiezan a escasear, y entre alguna mísera taberna, alguna oscura herrería o la puerta grandona de una posada, se cuenta la que cuelga a la entrada sus botos hinchados para vino, o vende simples fajillos de leña, o compone ruedas y armatostes para los carros.

Ángel Marco Ibáñez (1895-1970), colaborador del periódico local El Regional y corresponsal en Calatayud de El Noticiero, de Zaragoza, publicó en este último diario, el 7 de septiembre de 1955, un artículo titulado «Cuando la calle de Dato se llamaba la Rúa», donde trasladaba sus recuerdos infantiles del primer tramo de esta calle, hasta la llamada cuatro esquinas.

En aquel tiempo en la Rúa todavía existían establecimientos y patios de sabor típico, con comercios, tiendas y oficinas bancarias. En la plaza de San Martín, que estaba en alto, abría al amanecer la única churrería de la ciudad. En esta plaza se vendía la carne de los toros, que se lidiaban en las corridas de las ferias.

En la acera derecha de la Rúa abría sus puertas la tintorería de Juan Lezama y en un patio, con el techo bajo, la sastrería de José Herrero. Seguía el Registro de la Propiedad, que se alojaba en un entresuelo con balcones enrejados.

En la acera izquierda, la calle comenzaba con la tienda de la señora Gregoria, donde se vendían: confites, pilongas, avellanas y regaliz, entre otras mercancías. Seguía la relojería de los hermanos Aranda, a los que se podía ver trabajar al otro lado del escaparate, con ayuda de un gran ojo postizo. Continuaba con la zapatería de Lozano, de mucha importancia entonces. A ambos lados de una gran mesa, trabajaban casi una docena de oficiales.

Junto a la zapatería y en lo que sería tiempo después el Casino Independiente, abría sus puertas el café de Cabrera, café provinciano con grandes espejos en las paredes y divanes forrados de terciopelo. En este café ofrecía conciertos diarios Julio Seco, un músico ciego. A veces actuaba un quinteto formado por los mejores músicos de la ciudad. Ángel Marco recordaba que el dueño del café gastaba una imponente barba partida y era aficionado a las antigüedades.

En frente casi del café de Cabrera, estaba la tienda de comidas de Hilario Serrano, en donde por 10 céntimos, servía un gran vaso de escorzonera, que era una rica bebida refrescante, que sería desplazada por los modernos helados italianos.

En 1905 se inauguraría la ferretería de José Alfonso, en los bajos del palacio de los condes de Argillo. Según Ángel Marco, se haría a todo lujo y sería la primera tienda que, por su iluminación y ornato, marcaría los derroteros más ambiciosos del comercio de Calatayud. La calle continuaba con la corsetería de las hermanas Entrena y el despacho y oficinas de Raimundo Gaspar, terminando la acera izquierda con un despacho, donde se tomaba una rica horchata valenciana.

En la acera derecha, después del café de Romero y un saloncito adjunto, llamado el Lavadero, se encontraba la armería de José Gallástegui, que usaba barba fina, lentes de miope y gorra cuartelera. En la tienda se amontonaban las escopetas, los bastones y las cañas de pescar. Por ella andana a sus anchas una perdiz y sobre el mostrador dormía un hermoso gato. El escaparate lo cruzaban dos enormes navajas, con una inscripción grabada en sus hojas: Si esta víbora te pica, no vayas por ungüento a la botica. Sin orden ni concierto se hallaban esparcidos: pistolas, lentes, trabucos, leznas, lupas, brochas de afeitar, cuentahílos…Lo que no se hallara en ningún otro comercio de la ciudad, seguro que allí se encontraría.

Cerca abría sus puertas la baulería de Melero, donde se llevaban a cabo toda clase de reparaciones mecánicas. Melero tenía las piernas paralíticas y cada día se hacía conducir en un carrito a su tienda, donde trabajaba toda la jornada. Ángel Marco recordaba que era un hombre ingenioso y con condiciones extraordinarias para la mecánica. En su taller, como una clínica de objetos descompuestos, hallaban arreglo las más complicadas maquinarias.

Seguía a este patio la sombrerería de Morades y la relojería de Bonilla, con curiosos y viejos relojes dispuestos en el escaparate. Acababa este tramo con la farmacia de Iñigo Lorente, en cuya rebotica tenían su tertulia algunos conspicuos personajes de la ciudad.

Por la Rúa cruzaba, de arriba abajo o de abajo a arriba, la vida plácida y comercial de la ciudad, pero con las tormentas de verano, las aguas del barranco de Soria la convertían en un río incontrolable. Entonces los comerciantes colocaban compuertas a la entrada de sus tiendas, aunque muchas veces se inundaban con las sucias aguas de las barrancadas. También se disponían de pesados puentes de madera, para cruzarla de acera a acera. Ángel Marco recordaba que siendo alcalde Antonio Bardagí, se había desviado el barranco de la Rúa, elevando sus aguas al Jalón junto al paraje de la Longía.

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Revista Cuarta Provincia, n.º 7.

Ya está disponible el n.º 7 de la revista Cuarta Provincia, del Centro de Estudios Bilbilitanos, para su descarga en la página de la Institución Fernando el Católico. Descargar.

En este número encontrarás los siguientes artículos:

José Juan Hernando Alcaín y José Ángel Urzay Barrios, «Guerras en el Jalón Medio durante la Antigüedad (siglo II-I a. C.)».

Marina Perruca Gracia, «‘Altri molti miracoli sono avvenuti (…) Che son piú di cento‘. Los mi­lagros de san Ignacio de Loyola en Munébrega en la construcción de su imagen en la Europa del siglo XVII».

Francisco Tobajas Gallego, «Causas de la decadencia del santuario de Nuestra Señora de la Sierra de Villarroya de la Sierra en el siglo XVIII».

Jesús V. Solanas Donoso, «Casas abiertas en la peña, Calatayud. Testimonios de los viajeros. La aportación gráfica de Parcerisa y Serra».

Jesús Blasco Sánchez, «La azarosa historia del Grupo Escolar de Ateca desde su propuesta hasta su apertura (1926-1942)».

Javier Martínez Molina, «El proyecto de nueva torre campanario de la iglesia parroquial de San Pe­dro Apóstol de Villarroya de la Sierra (1797-1798), una obra no ejecutada del arquitecto ilustrado Agustín Sanz».

Ruth Soto Marín y Eduardo A. Garrido Schneider, «Geología e hidrogeología del entorno de los manantiales de agua mine­ro-medicinal del balneario de Paracuellos de Jiloca (Zaragoza)».

Descargar.

FE DE ERRATAS: En los créditos de la revista (p. 4) se señala que la fotografía de portada es del Santuario de Nuestra Señora de la Sierra de Villarroya de la Sierra (Zaragoza), cuando debería de poner Ermita de la Virgen de Cigüela de Torralba de Ribota (Zaragoza).

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