Presentación de Calatayud, cuna de armeros.

CALATAYUD, CUNA DE ARMEROS

Francisco Tobajas Gallego

El pasado 21 de enero de 2016 se presentó en el Salón Multiusos del Ayuntamiento de Calatayud el libro Calatayud, cuna de armeros, de Víctor J. Sánchez Tarradellas, que ha sido editado por el Centro de Estudios Bilbilitanos. Acompañaron al autor el alcalde de Calatayud, José Manuel Aranda, el general director de la Academia de Logística de Calatayud, Ramón Sabaté, y el presidente del Centro de Estudios Bilbilitanos, José Ángel Urzay.

Un momento de la presentación del libro

Un momento de la presentación del libro

El presidente del Centro de Estudios Bilbilitanos afirmó que la historia militar de Calatayud podía estudiarse desde varios puntos de vista: como centro productor de armas, como centro de logística, como lugar de obligado paso de los ejércitos y también como lugar de confrontación bélica. Se felicitó por los lazos de comunicación y colaboración que existen entre la Academia de Logística y el Centro de Estudios Bilbilitanos, esperando que puedan fructificar en nuevas investigaciones de tipo histórico y militar.

Por su parte, el alcalde de Calatayud señaló que la presentación de este libro, un auténtico lujo para la ciudad, tenía lugar en fechas cercanas a San Juan Bosco, Patrono de los especialistas del Ejército de Tierra. Por este motivo felicitó a la Academia de Logística y también al Centro de Estudios, por mantener este apoyo mutuo, que da lugar a libros tan interesantes como el que se presentaba.

El general director de la Academia mostró su satisfacción por el trabajo del teniente coronel Sánchez Tarradellas y señaló que el título del libro era todo un acierto, pues a los especialistas del Ejército de Tierra, que se preparaban en la Academia de Logística de Calatayud,  se les llamaba maestros armeros, por tanto la Academia de Calatayud también podía denominarse cuna de armeros.

A continuación glosó la figura del teniente coronel Sánchez Tarradellas, que posee una amplia formación universitaria, aunque no es historiador. Sin embargo, Ramón Sabaté señaló que los que se dedican a la Logística y a la Historia siguen caminos paralelos. En ambas ramas siempre es necesario basarse en hechos, no en elucubraciones. La misión del historiador y del especialista consiste en analizar las teorías y  contrastar los hechos, pero siempre con rigor y con honestidad.

Ramón Sabaté recordó que el teniente coronel Sánchez Tarradellas, estaba vinculado a la Academia de Logística de Calatayud desde el año 2001, donde era profesor de Recursos Humanos. De carácter inquieto y gran apasionado por la historia, poseía buenas dotes de comunicador y de Logística. Sánchez Tarradellas también era autor de tres libros: Logística, arte sin gloria, editado en 2013, El Camino español y la logística en la época de los Tercios, escrito con Fernando Martínez Laínez y editado por el Centro de Estudios Bilbilitanos en 2013, donde se explicaba lo costaba poner una pica en Flandes, y este último, Calatayud, cuna de armeros, que venía a ser una continuación del anterior. En estos dos últimos libros, el teniente coronel analizaba con amenidad y rigurosidad la contribución de Calatayud a la industria armamentística, que culminaba con el esplendor alcanzado en el siglo XVI. Ramón Sabaté consideró que el trabajo de Sánchez Tarradellas era riguroso, pues se basaba en fuentes primarias, utilizando abundantes citas y una selecta bibliografía, con las que podía avalar sus afirmaciones. También señaló la amenidad de su estilo, lo que evidenciaba sus grandes dotes de comunicador. Por último, Ramón Sabaté agradeció una vez más el apoyo del Centro de Estudios con el que, sin ninguna duda, iban a seguir colaborando.

El autor señaló que Calatayud, cuna de armeros se había escrito a iniciativa de la Academia, empeñada en buscar vínculos con la historia de Calatayud. Una ciudad que destacaba desde la antigüedad como encrucijada de caminos y punto intermedio entre las cortes itinerantes de Toledo y Zaragoza, como centro productor de armas, también de pólvora, en el cercano lugar de Villafeliche, y por la excelente calidad de sus cáñamos, tan necesarios para las cuerdas o mechas de arcabuz. El título de este libro, Calatayud, cuna de armeros, se debía a la feliz iniciativa del coronel Vargas. El autor confesó que no era un estudio exhaustivo, sino exploratorio, en el que se llegaban a aventurar una serie de hipótesis.

Calatayud ya había destacado en los siglos XV y XVI, un periodo de fuerte demanda de armas, como centro productor de gran prestigio. Pero será en la segunda mitad del siglo XV cuando se inicie una transformación en la organización y manera de combate de los ejércitos. Las huestes feudales, regidas por las leyes de la caballería, evolucionan a ejércitos profesionales, voluntarios o mercenarios, que cobran un sueldo, la soldada. Tras la Guerra de Granada, los Reyes Católicos llevarán a cabo reformas con nuevas ordenanzas, dotando a las nuevas unidades con dos tercios de peones armados a la suiza y un tercio de ballesteros-espingarderos. Con estos cambios, la infantería dominará las contiendas y las armas de fuego tendrán un papel primordial.

Los Tercios surgirán oficialmente con la Ordenanza de Génova de 1536. Los tercios, al mando de un maestre de campo, se componían de diversos tipos de soldados. El llamado pica seca, o soldado bisoño, empuñaba una pica y se defendía con un casco y un coleto de piel. El coselete era un piquero protegido por una armadura de tres cuartos. El arma de fuego más generalizada será el arcabuz, un arma larga con llave de mecha, que necesitaba el uso de cuerdas, a base de lino o cáñamo, empapada en una solución de salitre y puesta a secar. El capitán portaba la jineta o esportón, una lanza terminada en una hoja corta ovalada, con punta y filo. La alabarda servía de divisa al sargento. Los cuadros de infantes se servían de las picas y los cabos de la partesana. Todos los combatientes llevaban espada, que envainada colgaba del talabarte o cinturón. La caballería medieval será reemplazada por los llamados reiters, que utilizaban espadas o pistolas. Se protegían con armaduras evolucionadas y capacetes.

El reclutamiento en España era un monopolio real y sin su consentimiento no se podía levantar gente. La monarquía controlaba entonces  la fabricación de las armas a través del veedor, figura creada por los Reyes Católicos. En el siglo XVI, Calatayud era un paso obligado de mercancías y viajeros. Era la ciudad más importante entre Madrid y Zaragoza. Cumpliendo las reales ordenanzas en vigor, la población estaba obligada a alojar a los soldados del rey, proporcionarles agua, sal, aceite para el cuidado de las armas, vinagre para sanar los pies llagados y asiento a la lumbre. También Calatayud era un paso importante de armas desde las Vascongadas, pero también era exportadora de armas hacia Castilla, pues era un importante centro espadero, así viene documentado en abundante bibliografía, que recoge los nombres Luis de Nieva, Andrés Munester, Manuel Bernand, Luis de Nieves, Jerónimo Picado y el converso Julián del Rey, que utilizaba la marca del perrillo, que se encuentra en armas  de Carlos V o de Hernán Cortés. Estos artesanos utilizarían el hierro de las minas de Tierga, explotadas ya por los romanos y el excelente temple que las aguas del Jalón daban al acero. La producción de espadas decaerá a comienzos del siglo XVIII. El autor señaló que el gran secreto de los maestros espaderos estaba en el temple de las armas. Cada maestro medía el templado con el rezo de alguna oración o letanía. Las malas lenguas aseguraban que el converso Julián del Rey lograba el temple de sus armas rezando versos coránicos.

Los artesanos celtíberos de esta zona ya fueron hábiles en la fabricación de armas, actividad que continuará con la dominación romana, que incorporará estas espadas celtibéricas a su ejército. Marcial corrobora esta actividad y su fama en sus epigramas. En el siglo XV se encuentra en Calatayud un importante gremio de forjadores de origen musulmán. En el XVI las industrias de fabricación de pólvora, armas blancas y arcabuces, pedreñales, pistolas y escopetas, estaban mayoritariamente en manos de la población morisca. Tras su expulsión en 1610, esta industria cayó en declive.

La manufactura armera que dio más fama a Calatayud fue el capacete. Se trataba de un casco sin cresta ni visera, a veces terminado en punta, parecido al morrión. El rostro quedaba desprotegido, pero permitía una visión completa al frente. Los duques de Alba, de Villahermosa, del Infantado y de Medinaceli poseyeron capacetes de Calatayud. Se utilizaba en justas y torneos, como el conocido del Paso Honroso de 1434, en el que participaron caballeros de la tierra de Calatayud.

Los capacetes eran de origen morisco. Primeramente fueron de cuero, reforzado con hierro sobre un capuchón de malla. Luego fueron evolucionando lentamente. Varios de estos ejemplares, producidos en Castejón de las Armas y Calatayud, se encuentran en varios museos: Viena, San Petersburgo, Nueva York, Madrid, Filadelfia, París, Londres, Lisboa… También son nombrados estos capacetes bilbilitanos en abundantes obras literarias, como en los versos épicos de Nicolás Fernández de Moratín, en los versos románticos del Duque de Rivas o en La Celestina de Fernando de Rojas, donde se citan junto a los broqueles de Barcelona y los casquetes de Almazán.

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