La Escultura Romanista en la Comunidad de Calatayud

LA ESCULTURA ROMANISTA EN LA COMARCA DE LA COMUNIDAD DE CALATAYUD Y SU ÁREA DE INFLUENCIA. 1589-1639

Por: Francisco Tobajas Gallego

El pasado 15 de octubre, coincidiendo con el día de la Patrona de la Comarca Comunidad de Calatayud, Santa Teresa de Jesús, tuvo lugar la presentación en la sede de la Comarca Comunidad de Calatayud del libro La escultura romanista en la Comarca de la Comunidad de Calatayud y su área de influencia. 1589-1639, de Jesús Criado Mainar. El autor estuvo acompañado por el Presidente del Centro de Estudios Bilbilitanos, Manuel Micheto, por el Presidente de la Comarca Comunidad de Calatayud, Fernando Vicén, por el Consejero de Cultura y Deportes, Fernando Duce, y por José Luis Cortés, asesor de Presidencia de la Comarca Comunidad de Calatayud. Jesús Criado Mainar, profesor de Historia del Arte en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza, ha podido llevar a cabo este impresionante trabajo, gracias a la licencia sabática que el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza le concedió para el Curso Académico 2011-2012. El libro, que el autor dedica a la memoria de Agustín Sanmiguel y Ana Isabel Pétriz, ha sido editado conjuntamente por el Centro de Estudios Bilbilitanos y por la Comarca Comunidad de Calatayud.

El Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, impulsó una revisión y reafirmación de los principales dogmas de fe del catolicismo, que dará lugar a la llamada Contrarreforma, que intentará frenar la reforma protestante. A finales del siglo XVI y comienzos del XVII se instalarían en Calatayud, cabeza de un extenso y rico arcedianado, varias órdenes religiosas, como los jesuitas, capuchinos, carmelitas descalzos, dominicos o agustinos descalzos. El arte religioso se convirtió entonces en una importante herramienta para el adoctrinamiento de los fieles. También el retablo escultórico deberá actualizarse a los nuevos tiempos. El punto de partida de esta nueva modalidad será el retablo de la catedral de Astorga, debido a Gaspar Becerra que, tras su larga estancia en Florencia y en Roma, volverá a España en 1557, incorporando una nueva manera de trabajar el retablo escultórico. Se basaba en una aplicación rigurosa de los principios de la arquitectura clásica, que ya había visto en varias obras de Miguel Ángel. Juan de Anchieta será el introductor de este nuevo lenguaje de Miguel Ángel en la escultura aragonesa. Esta nueva corriente romanista no se consolidaría en Aragón hasta los años noventa del siglo XVI. En Calatayud su referente será el escultor Pedro Martínez el Viejo, hijo de Juan Martín de Salamanca. En 1590 llegó a Calatayud el ensamblador Jaime Viñola, oriundo de Granollers, que aportó los nuevos modos miguelangescos. En este proceso de cambio, el retablo de San Clemente de La Muela será un eslabón fundamental. Este retablo parece ser anterior a la mayoría de obras llevadas a cabo en Zaragoza, Huesca o Tarazona, lo que indica la importancia de los talleres de Calatayud, que trabajaron en lo que es hoy Comarca Comunidad de Calatayud, Comarca del Aranda, Tarazona, Campo de Daroca y Jiloca, Albalate del Arzobispo y algunas poblaciones del obispado de Sigüenza, como Milmarcos y Luzón.

Este tardío desarrollo en Aragón del retablo escultórico romanista, dificultó la progresión del retablo escurialense, o última modalidad clasicista del Renacimiento.

Las autoridades religiosas bilbilitanas, cumpliendo los mandatos del Concilio de Trento, se esforzaron en divulgar los dogmas que rebatían los reformadores. De esta manera se dio mayor visibilidad al culto a la Eucaristía, con nuevas capillas sacramentales, alentado la fundación de cofradías de la Minerva y dando respaldo a los milagros eucarísticos, obrados en el Monasterio de Piedra, Paracuellos de Jiloca, La Vilueña y Aniñón. Apenas han llegado a nosotros arquetas para el Santísimo Sacramento el día del Jueves Santo, en cambio se han encontrado abundantes citas para la realización de peanas para procesionar al Sacramento el día del Corpus Christi. La Orden de Predicadores, asentada en Calatayud y en Gotor, extendió el rezo del Santo Rosario, con el apoyo de numerosas cofradías, alentando también la fundación de hermandades dedicadas al Dulce Nombre de Jesús. La Compañía de Jesús también se colocó, desde su fundación, bajo la protección del Nombre de Cristo. El Papa dominico Pío V proclamó en 1571 la fiesta del Rosario, al atribuir a este rezo y a la intercesión de la Virgen la victoria de la Santa Liga sobre la armada turca en el golfo de Lepanto, que confirmaría en 1573 Gregorio XIII. Los jesuitas propagaron el culto a San Ignacio y a San Francisco Javier. También se potenció el culto a los santos locales y a sus reliquias, como San Iñigo de Oña, San Pedro Bautista, San Millán, San Félix y Santa Regula, o San Pascual Bailón.

En 1592 las autoridades municipales de Calatayud pidieron a la corona que unificara las colegiatas de Santa María la Mayor, Santo Sepulcro y Santa María de la Peña, al objeto de fundar en Santa María una nueva diócesis. Este deseo parece que contaba con el beneplácito del obispo Cerbuna, que fallecería en Calatayud en 1597. En 1593 ya estaba en Calatayud el arquitecto Gaspar de Villaverde, que participará en la reforma del templo del Santo Sepulcro, en la desaparecida capilla de las dominicas y quizá en el diseño de Santa María la Mayor.

Otros asuntos tratados por los artistas romanistas serán el Tránsito de la Virgen, su Asunción a los cielos y su Coronación por la Trinidad, el culto a la Virgen de la cama, y al Cristo Crucificado. A finales del siglo XVI, dentro del ámbito de la escultura romanista, tuvo lugar una importante renovación de esta tipología, cuyo punto de partida es el Crucificado que corona el retablo mayor de la catedral de Astorga, atribuido ahora a Juan de Anchieta, que llevó a cabo otras versiones. Juan Martínez el Viejo debió conocer estas piezas y también el Cristo de Gracia, del retablo de Santa Engracia de Zaragoza, hoy en la parroquia de Pradilla de Ebro, pues existe una relación estrecha con los calvarios del retablo de la catedral de Tarazona y de la colegiata de Daroca, debidos a este importante escultor bilbilitano.

En la evolución del retablo romanista, el autor distingue tres etapas. La primera, que se desarrolla entre 1589 y 1612, coincide con la actividad de Pedro Martínez el Viejo y la llegada a Calatayud de Jaime Viñola, y con el inicio del retablo mayor de la parroquia de San Clemente de La Muela. A estos dos artistas se debe el retablo mayor de la catedral de Santa María de la Huerta de Tarazona, costeado por el obispo fray Diego de Yepes. Este encargo «acredita tanto la supremacía a nivel diocesano de los talleres de la ciudad del Jalón como el considerable prestigio de que gozaban estos dos artífices». La segunda etapa, hacia 1612-1614, coincide con el retablo de Santa María la Mayor, que se encargó a Jaime Viñola y al escultor Pedro de Jáuregui, yerno de Pedro Martínez el Viejo, que debió fallecer a finales de 1609 o primeros de 1610. La tercera etapa comienza en los años veinte y tiene su colofón entre 1637 y 1639, fechas en que se materializa el retablo de la parroquia de Milmarcos.

A partir de los años veinte aparece una nueva generación de artistas, como el ensamblador Antonio Bastida, yerno de Viñola, el escultor Bernardino Vililla, que se había formado con Jáuregui, o el ensamblador Pedro Virto, que colaboraría estrechamente con los anteriores. Por estos años veinte, que marca el inicio de esta tercera etapa, se llevarían a cabo los retablos de la colegial del Santo Sepulcro de Calatayud, con el patrocinio del prior Juan de Rebolledo y Palafox.

Después de tratar la evolución del retablo romanista, el autor añade unas interesantes y bien documentadas notas biográficas de los más importantes artistas bilbilitanos. Pedro Martínez el Viejo tenía su sede en la parroquia de San Andrés de Calatayud. Colaboraría con el ensamblador Jaime Viñola y con los pintores Miguel Celaya, Francisco Ruiseco y Francisco Florén. Su hijo, Pedro Martínez el Joven, continuaría con la tradición familiar.

Lope García de Tejada formó parte del taller de Juan Martín de Salamanca, que ejecutó el retablo de la parroquial de Valtierra, a partir de septiembre de 1577. Aunque aparece documentado como mazonero, parece ser que era escultor, especializado en imágenes de bulto.

Jaime Viñola, natural de Granollers, será el ensamblador más importante en los talleres romanistas bilbilitanos. Se estableció en la Rúa, parroquia de San Pedro de los Francos. A partir de 1620 establecería una estrecha relación personal y profesional con el ensamblador Antonio Bastida, llegado de Sangüesa, que casaría con su hija. Pertenecería a este mismo taller el mazonero Pedro Virto, que luego se independizaría. Jaime Viñola colaboró primeramente con los escultores Pedro de Jáuregui y Pedro Martínez, y con el pintor Francisco Florén. Al final de su carrera compartió trabajos con el escultor Francisco del Condado, oriundo de Ateca.

Pedro de Jáuregui casó con una de las hijas de Pedro Martínez el Viejo, y a la muerte de su suegro, se hizo cargo de su taller. Bernardino Vililla destacó como escultor en las décadas centrales del siglo XVII.

Este libro, con numerosas y excelentes fotografías a color, recoge también una exhaustiva bibliografía sobre el tema tratado, un no menos interesante apéndice documental, un listado de ilustraciones y dos índices, uno de artistas y otro de lugares y piezas.

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