Treinta motivos para reencarnarse en mosquito

Por FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO

Treinta motivos para reencarnarse en mosquito es el extraño y original título que ha elegido José Luis Gracia Mosteo para encerrar sin llave treinta críticas de libros extraños o no tan extraños, tantas como viene a durar un mes hábil, día más día menos, en el que comprobamos a simple vista y de principio a fin, su pasión por los libros leídos y vividos, que son multitud, y por la buena literatura que nunca cansa y siempre sorprende, alimenta y aligera el tiempo de la espera. Nuestro amigo duda como un príncipe, entre vivir leyendo o vivir bebiendo, que viene a ser tres cuartos de lo mismo, porque «leer es beber en la barrica del libro».

Machado ya cantaba a las moscas de toda la vida, que le evocaban todas las cosas. Esas moscas de escuela, de taberna, de sacristía, de burdel, de tienda de ultramarinos, de oficina de vuelva usted mañana, de secretaría de Ayuntamiento, de cementerio y hasta de mesa de cocina de fonda con trato familiar, con hule y botijo de agua fresca. Tampoco debían faltar a esta grotesca comparsa las famosas moscas de la miel, que sacaba de rondón Antón Pitaco en un cuento antológico. Quevedo hizo lo propio con el mosquito del vino, que debe ser primo hermano de la mosca del vinagre, que ya se estudiaba en bachiller, con los guisantes que dieron lugar a las leyes de Mendel. Además de todas estas clases de moscas ibéricas, más o menos clásicas y hasta familiares y aristocráticas, en nuestro solar patrio siempre han gozado de merecida fama las llamadas moscas cojoneras, las moscas inoportunas, que se citan a la hora de la siesta, los moscardones, gordos como canónigos de servilleta, y los tábanos. En mi pueblo nunca se echaban en falta estos salvajes tabanos (sin acento) que, como legión Tebana, te podían comer a mordiscos, produciendo en las piernas unos moratones de campeonato. Poblaban los montes en la época de las cerezas de Monzón, con la madreselva y la manzanilla, y atacaban por un igual a los burros, a las mujeres y a los chicos con pantalones cortos, a los que les ponían las piernas rojas y duras de moratones. Para combatir su veneno, el médico del pueblo me recetó en una ocasión unas pastillas de tragar, que no sabía tragar. Los médicos siempre llevando la contraria.

La llegada de la democracia marcó un punto de inflexión, a partir del cual fueron desapareciendo progresiva y paulatinamente las moscas y los moscardones de nuestro paisaje familiar y hasta social.

Nuestro amigo Mosteo nos confiesa su meditada intención de reencarnarse en mosquito, deseo que no comparto en absoluto, pues los mosquitos, aun los nocturnos, son insectos sin personalidad, sin perversiones conocidas y sin leyenda negra. Siempre he pensado que los mosquitos de Salou son algo maricones. Eso de pasar zumbando delante de la oreja del veraneante ocasional, una noche tras otra, una y otra vez, es un entretenimiento propio de gente de poco juicio, que tiene sesos de mosquito.

Para querer reencarnarse en mosquito, primero entiendo que se tenga que vivir como Dios manda, o sea, siendo persona de bien querer y desear, con las tres potencias del alma activadas, y el corazón dispuesto para amar y dejarse querer sin demasiados aspavientos y no exigiendo más que el pan, el agua, el sol, el aire y el folio en blanco de cada día.

Nuestro amigo Mosteo confiesa sin pizca de rubor que prefiere cascar a la buena sombra de su paraíso de libros raros, para ser quemado seguidamente en una pira pagana con estos mismos libros leídos y digeridos, con los labios aún frescos del vino joven y rebelde de la tierra colorada de Calatorao. Al fin y al cabo todo serán cenizas, polvo serán, como escribía el poeta, pero polvo editado y enamorado. Y con la baja voluntaria en la Seguridad Social, y tras los preceptivos y publicados artículos de elogio y las medallas póstumas, se entraría a formar parte de pleno derecho de la especie de los mosquitos que se elija, que hay un centenar de ellos, todos con alas. Pero para que eso suceda aún queda mucho tiempo para escribir y para volver a escribir, para beber y para vivir, para gritar y para callar.

Hacia la mitad de esta vida ávida y avivada, nuestro amigo Mosteo, que aprovecha bien el tiempo, nos invita en esta ocasión a un viaje sin alforjas, a un divertido safari con cazamariposas, sombrero de explorador, pantalones cortos y cantimplora de agua, a lo largo y ancho de la selva de los libros raros, hasta el mismo confín de los bosques de los libros libres.

Un crítico, viene a decir nuestro amigo, es como uno de esos catadores que acompañaban a los césares, reyes, príncipes, papas y demás potentados, para que probaran antes que sus mercedes la comida y tuvieran primero un buen provecho. Nuestro amigo Mosteo ha probado y saboreado por nosotros todas las novedades habidas y por haber, y nos confirma, un tanto extrañado, que aún ha encontrado algo nuevo sobre el papel. Eureka. En este menú que se nos ofrece, con primeros y segundos platos, postre, café y licores a elegir, podemos saborear en nuestra mesa lo que sea de nuestro gusto y gana, con la completa seguridad que los ricos manjares elegidos y apetecidos nos van a sentar bien en las tripas.

Nuestro amigo nos confía a pies juntillas que en los actos literarios tiene costumbre de vestir americana y corbata, para marcar distancias. Cuidado, amigo Mosteo, pues en casi todos los banquetes de postín, las corbatas se capan sin piedad y el novio o la novia, según, cuando les piden a gritos que tomen la palabra, tras el beso de rigor, en su cierto desconcierto, sólo aciertan a pedir con mucha decisión que corten más pan. Más pan, más poesía, más pasión y más madera, faltaría más.

En este libro de crítica, en plural o en singular, unas veces amable, condescendiente y en cambio en otras despiadada y sin medias tintas, nuestro amigo nos desvela las glorias y las miserias de la literatura y de sus protagonistas, contándonos toda o casi toda la verdad de su verdad, que se parece mucho a la nuestra. Porque, a decir verdad, hacer una crítica interesada de parte de la mentira, para luego aparar la mano, es cosa de cobardes y de memos. El mundo de la literatura es un mundo en el que caben los siete pecados capitales, un mundo de hombres llenos de aire o de borra, tanto monta, ansiosos de dinero, de medallas y de honores académicos. Ahí es nada. Todos sabemos que un escritor puede ser capaz de escribir hasta media docena de libros buenos o interesantes, hasta el mismo día que se topa de frente con el éxito y el dinero. Entones el buen escritor suele escribir libros malos con tapas duras. Es esa misma gloria en cueros la que provoca la completa infidelidad del escritor hacia sus, hasta entonces, fieles costumbres y compañías.

Nuestro amigo Mosteo nos muestra en esta treintena de críticas, por activa y por pasiva, su fe en los libros, su esperanza en los libros bien letrados y también su caridad con los libros, porque todos los libros, por malos que sean, siempre guardan una enseñanza útil, como recordaba nuestro abuelo Gracián. Nuestro amigo es un hombre curtido en más de mil libros, en más de mil batallas leídas y releídas, y en más de mil escenarios, donde ha conseguido aprender y aprehender otras tantas enseñanzas, anécdotas, recuerdos, amigos y enemigos. Para él la vida siempre es una vida de letras, sean de hábito o de débito, que transcurre día a día y hora a hora hablando de letras, leyendo páginas enteras de letras, comiendo sopa de letras y soñando letras y más letras en libertad y buena compañía. Por ello y como consecuencia de aquella acción apasionada y apasionante, nuestro amigo Mosteo es un hombre de citas, con perdón, y nos las recita de memoria como la lista de los reyes godos, los mandamientos de la Ley de Dios, o los jugadores del Zaragoza en la época de los cinco magníficos. Nuestro amigo posee una cultura vasta, de la que nacen vástagos ya criados y medio escritos.

Como en la viña de la parábola, en la viña de las letras crecen y maduran libros sosos y aguados, libros que se repiten como el ajo, libros frescos como una ensalada de tomates del huerto con olivas negrales de Saviñán y aceite del año, libros pesados como un asado con patatas panaderas, libros vacíos como los platos de la nueva cocina, libros libres como un gorrión de canalera, libros raros como un esperpento, libros gordos como un canónigo doctoral, libros viejos que guardan el olor de los tomillos en flor, libros relamidos escritos sólo en las solapillas, libros locos y libros cuerdos, pues hay tantos libros como escritores. Nuestro amigo, como Borges, se siente más orgulloso de lo que ha leído que de lo que ha escrito. Modestia aparte y a partes iguales.

De su palabra, bien apalabrada, sabremos de ilustres escritores como Kafka, Fernández Mallo o Stevan Zweig, de escritores escondidos como Ignacio Escuín, Félix Romeo o Alfredo Saldaña, y de escritores ignorados como Ricardo Molina, Armando Buscarini o Baylín, aunque la procesión de colegas va por dentro del libro. Los libros, dice nuestro amigo, vienen a ser como «cajones de sastre con más agujas que hilos donde coser la lectura al pensamiento». Nuestro amigo elabora unas frases contundentes y concluyentes. Es brillante e hilarante. ¿Qué se le puedo pedir más?

Hay libros que saben a natillas, al menos a mí me lo parecen, a puré de patatas, a lentejas de colegio, a sopa de cuartel, a paella mixta, a patatas bravas, a gambas con gabardina y a bocadillo de calamares a la romana. Otros en cambio saben a chorizo picante, a cocido, a churros, a carne a la brasa y a caracoles con ajoaceite. Y aún hay más libros que no saben a nada, que no dicen casi nada, y a lo mejor tampoco sirven para nada.

Como decía Baroja, con sangre no se hacen novelas sino morcillas, sean de arroz o de cebolla. Y por la misma regla de tres, sólo con palabras desnudas y apasionadas se puede escribir poesía, esa arma cargada y sobrecargada de futuro. En el libro de lectura de bachiller venían unas coplas de Quevedo, que en una ocasión propicia escondió bajo la servilleta del rey, en una mesa bien surtida. Unas coplas que produjeron en las tripas reales un torzón monumental. Por ello el escritor, que cambió de estado en el palacio de Cetina, estuvo preso cinco años en San Marcos de León, a pan, agua y poesía. Las palabras puestas en verso en manos de Quevedo, de Marcial o del mismo arcipreste de Hita, se convertían en una potente y contundente bomba de la relojería poética. Sin embargo, hoy es un arte de pocos para pocos, pero esos pocos aún están convencidos y confiados que algún día las palabras cambiarán el mundo, aunque sólo sea de nombre y apellido.

Nuestro amigo Mosteo ha reunido en este libro a un buen número de poetas probos y prostáticos, a poetas sociales, a poetas clásicos, a poetas cultos, a poetas idealistas, a poetas novísimos, que se han hecho viejos de la noche a la mañana, a poetas de endecasílabos y de palíndromos, y a poetas locos y raros, como Armando Buscarini, «que viajó del norte al sur de la razón», sin encontrar otra compañía que su locura. Cela escribía que el escritor que no estuviera dispuesto a pasar hambre, mucho hambre, no llegaría muy lejos. El bueno de Buscarini pasaba necesidades y escribía por no robar, pasando después la bandeja a los escritores afortunados, amenazando con ahorcarse delante de la ventana del salón de la casa del escritor roñoso. En otras ocasiones chantajeaba a sus convecinos que no querían comprar sus libros, asegurando que se tiraría de punta de cabeza desde el viaducto. Todos sabemos que aquel que dice en voz alta sus intenciones, rara vez las cumple. Buscarini llegó a escribir de puño y letra al rey Alfonso XIII, no unas coplas jocosas sobre sus devaneos nocturnos con actrices o sobre el hambre no menos real de los poetas, sino una carta seria, pidiéndole que a su muerte decretara cinco años de luto en el mundo de las letras. Y es que, como escribía Keats: «Un poeta es la cosa menos poética del mundo». El éxito y el fracaso. Luto y alivio. Merde pour la poésie.

Buscarini me recuerda a otro escritor bohemio que murió loco, ciego y furioso: Alejandro Sawa, en el que se inspiró Valle Inclán para dar vida a su Max Estrella de Luces de Bohemia. Sawa dejó un libro inédito, titulado Iluminaciones en la sombra, un «diario de esperanzas y tribulaciones». Sólo los ciegos y los poetas consiguen ver que en el fondo del oscuro callejón brilla una pálida y paciente luciérnaga enamorada.

En este libro de moscas, mosquitos y moscardones de nuestro amigo Mosteo, también encontraremos en sus páginas correspondientes, noticias ciertas de merecidos halagos hacia varios colegas que le dan a la prosa muy prosaicamente, como nuestro admirado Pepe Verón.

Nuestro amigo Mosteo nos revela a tiempo que no todos los libros que se escriben son literatura ni mucho menos. «Es más, la mayoría de los que se encaraman en los puestos de ventas, no pasan de folletines baratos», por su valor, se entiende, que no por su precio.

Como no iba a ser de otra manera, nuestro amigo Mosteo nos confía en voz alta sus últimas o penúltimas voluntades en el epílogo de este libro fresco y libresco, por demás. Y si su abuelo Mariano Abarca pidió ser enterrado con una garrafita, un cucurucho de olivas y un bastón con estilete, bajo las piedras y los cielos de Oliván, nuestro amigo Mosteo prefiere hacerlo entre los libros que admira y que guarda como oro en paño. Con ellos a su lado es posible que consiga reencarnarse en un mosquito sabio. Salud, amigo Mosteo, y que la posteridad sea consecuente y coloque a cada cual en su lugar. Ni más arriba que el primero y más abajo que el último.

Desde este preciso momento quiero considerar a los mosquitos de Salou como parientes míos, aunque lejanos. Queda dicho.

Nota: El libro Treinta motivos para reencarnarse en mosquito, de José Luis Gracia Mosteo, se presentó en el Museo de Calatayud el pasado 3 de junio. A este acto entrañable no acudió ningún moscardón.

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