MÚSICA Y POESÍA

El Centro de Estudios Bilbilitanos se complace en invitarles a este magnífico concierto-espectáculo cultural «Música y Poesía» protagonizado por la guitarra clásica de Ricardo Arguís y la voz de la consejera del CEB Pilar Sánchez, concebido como un viaje a través del tiempo que interpreta poemas y obras musicales de diversas épocas históricas como el Siglo de Oro español.

¡Os esperamos!

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LA TRADUCCIÓN MANUSCRITA DEL TRATADO DEL CÁÑAMO DE MARCANDIER DE MARIANO LOZANO

Por Francisco Tobajas Gallego

            En el archivo familiar de José Antonio Malo Martínez, cuya familia se ha dedicado a la soguería y cordelería en Calatayud desde al menos el siglo XVIII, ha aparecido la traducción manuscrita del Tratado sobre el cáñamo, del agronomista francés Marcandier, debida a Mariano Lozano. Esta obra sería impresa en 1755 y el intendente de la provincia y ducado de Berry, señor Dodart, la mandaría distribuir en su territorio. Bourges, capital de esta provincia, era conocida entonces por sus cáñamos.

Este Tratado fue traducido del francés por Mariano Lozano, presbítero y beneficiado de la iglesia de Paracuellos de la Ribera, en 1784. Se trata de un cuadernillo cosido de ochenta y cuatro páginas. Lleva el sello del canónigo Francisco Tafalla, eminente coleccionista de documentos y publicaciones relacionadas con Calatayud.

            Mariano Lozano Serrano había nacido en Paracuellos de la Ribera en 1745. Estudió en Calatayud Humanidades y Filosofía, que defendió en un acto mayor de conclusiones, que dedicó al doctor Guillermo de Borbón, arcediano de Aliaga, dignidad de la Metropolitana de Zaragoza. Más tarde cursó Teología en la Universidad de Zaragoza y cuatro años de Jurisprudencia Canónica. Falleció en 1836, siendo enterrado en el cementerio parroquial de Paracuellos. Era entonces canónigo de la colegiata de Santa María de Calatayud. Había testado en 1821 con el notario de Saviñán Ramón Lafuente, dejando por su alma, funeral y otras obligaciones 300 libras jaquesas.

            Según el acta del 19 de octubre de 1781 de la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País de Zaragoza, mosén Mariano Lozano, beneficiado de la parroquia de Paracuellos de la Ribera, sería admitido aquel mismo día como socio, a propuesta de su director, el marqués de Ayerbe. El archivo de esta sociedad guarda una carta de Mariano Lozano, fechada en Paracuellos el 24 de noviembre de 1781 y dirigida al secretario Diego de Torres. En ella Lozano pedía disculpas por la tardanza en contestar, debido a una indisposición. Confesaba haber recibido el título de socio y un ejemplar de los Estatutos. Lozano agradecía el nombramiento, ofreciendo a la Rl. Sociedad se sirva mandarme, en lo que tuviere con conveniente por este país, que lo hare gustoso en cumplimiento de tan útil y celosa institución.

            El manuscrito de Lozano no sería editado y tampoco se conservaba en los fondos de la Real Sociedad Económica de Zaragoza. Manuel Rubín de Celis había traducido y editado este Tratado de Marcandier en 1774.

            El jesuita Miguel Dámaso Generés escribía que los eclesiásticos como miembros del cuerpo de la sociedad, deben cooperar a su felicidad y conservación, sin que esto se degrade y tizne su dignidad, y sagrado ministerio. En un artículo publicado en el Memorial Literario en 1787 se decía que el sacerdote debía ser el hombre mas ilustrado, el ciudadano mas distinguido, y el christiano mas religioso. Y señalaba que el cura de almas debía trabajar por el bien espiritual de sus próximos; y en el tiempo que le dexen libre sus funciones, dedicarse al auxilio temporal de sus ovejas, pues debía ayudar al prójimo y al Estado, de que es miembro. Si las Sociedades Económicas pueden conseguir los conocimientos prácticos de las producciones, industria, aumento o decadencia de los pueblos y sus causas. Si los curas son sus socios, y tienen algún conocimiento de la Historia Natural, darán á estas Sociedades, noticias puntuales y exactas, sin omitir rincón alguno de sus Parroquias.

            En el número de septiembre de 1787 del Memorial Literario apareció un artículo debido al canónigo bilbilitano José Sanz de Larrea y Yus (1762-1802), titulado Discurso sobre el método fácil con que se cultiva en cáñamo en la Ciudad de Calatayud, donde trataba del cultivo, de la industria y del comercio del cáñamo, del que ya dimos noticia en una comunicación presentada en el VII Encuentro de Estudios Bilbilitanos.

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LA ERMITA DE LA VIRGEN DE ILLESCAS

Francisco Tobajas Gallego

            Mariano del Cos, en la segunda parte de las Glorias de Calatayud, Celestino Coma, 1845, señalaba que la ermita de Nuestra Señora de Illescas, tallada en la roca, se situaba en la carretera de Zaragoza, a tres cuartos de legua de Calatayud. Era tradición que cuatro asesinos habían asaltado en este paraje a un comerciante de Cádiz, que había implorado el auxilio de la Virgen de Illescas, muy venerada en su tierra, viéndose libre de este trance.

            En agradecimiento, el comerciante había costeado esta ermita, enviando desde su tierra una imagen de la Virgen de Illescas y destinando algunas cantidades para su conservación y culto.

            Esta relación estaba impresa en una tabla, que se encontraba en la ermita. Entonces estaba al cuidado de la Hermandad de San José de Calatayud. Esta cofradía estaba integrada por los gremios de: albañiles, carpinteros, carreteros, cuberos, escultores y otros oficios relacionados con la madera.

            El 7 de diciembre de 1625 la Cofradía de San José había solicitado permiso al deán, canónigos y Capítulo de Santa María, donde estaba fundada, para construir una capilla gremial, con cisterna de enterramiento para los cofrades.

            El 22 de junio de 1639, el nuncio Juan Redondo había reunido a la Cofradía de San José en la iglesia de Santa María, por mandato del preboste. Estaban presentes: Domingo de Leunda, preboste; Pedro Muñoz y Pedro Virto, ensambladores y mayordomos; Miguel de Campos, camarero de la iglesia mayor; Francisco Langa, Juan Ponce, Juan Pérez, Bernardino Vililla, Domingo Agustín, Juan García, Manuel Español, Pedro Melero, Matías Ibáñez, Jerónimo de Campos, Miguel Ybando, Jusepe Mendoza, Guillén de Saranllón y Pedro de Yrugive. Todos ellos nombraron procuradores al preboste, a los mayordomos, Pedro Muñoz y Pedro Virto, a Bernardino Vililla y a Jerónimo Campos, para tratar, ajustar y capitular con Joan Pérez, botero, la entrega a la cofradía de la ermita de la Virgen de Illescas, en el término de Asnamuerta, y de una viña.

            El 31 de agosto se escrituró ante el notario Jerónimo de Rada una concordia, entre los procuradores de la Cofradía de San José y Joan Pérez. En ella se decía que Joan Pérez renunciaba al derecho y posesión de la ermita de la Virgen de Illescas, situada en el camino real que iba a Zaragoza, antes de llegar al puente de Asnamuerta, que había hecho a sus expensas, cediéndola a la Cofradía de San José, con una serie de condiciones y cargas.

            Joan Pérez podía gozar en sus días de la ermita y, una vez fallecido, debía pasar a la cofradía, en el día de Nuestra Señora de Septiembre, o al domingo siguiente. La cofradía debía pagar la celebración de dos misas en el mes de mayo y otras dos en el mes de junio, asistiendo a ellas algunos de los cofrades.

            A la muerte de Joan Pérez, quedaría como patrón su hijo Lorenzo Pérez, para que la cofradía, que tendría las llaves, cumpliera con la celebración de las misas y los reparos de la ermita.

            Una vez fallecido Lorenzo Pérez, la cofradía nombraría a otra persona, para que llevara la cuenta de la celebración de las misas. Debía ser descendiente de Joan Pérez, y si no lo hubiera, sería la persona que eligiera la cofradía.

            Joan Pérez debía vender a la cofradía una viña en Val de Cardiel, término de Munébrega, de tres yugadas de tierra. Este mismo día, Joan Pérez vendería esta viña por 3000 sueldos.

            En 1764 Carlos III aprobaría unas nuevas Ordinaciones de esta Cofradía de San José. En 1829 se autorizaría a la apertura del Nuevo Libro de Actas de la Hermandad, que pasaría a llamarse Hermandad de San José. A mediados del siglo XX, la Junta de la Hermandad se reunía un par de veces al año en la ermita de la Virgen de Illescas, para organizar los actos de la festividad de san José y de la romería a esta ermita.

            En 1826, al construirse la carretera Zaragoza-Madrid sería arruinada en su mayor parte. Años más tarde, al ensanchar la carretera en este tramo, desmontando parte del monte circundante, y debido a los continuos accidentes contra el talud de la ermita, los cofrades consiguieron en 1996 autorización del ingeniero jefe de Obras Públicas, para excavar en la roca una pequeña capilla para esta Virgen, adscrita a la colegiata del Santo Sepulcro, junto al desvío de la carretera que recorre todo el río Perejiles. Tradicionalmente, los romeros acudían a ella el domingo de Pentecostés. La ermita estaba a cargo de unos santeros, que vivían de las limosnas que recibían de los fieles devotos. La Virgen de la Caridad de Illescas, cuya imagen guarda el preboste del año, es venerada también en Cádiz, Sanlúcar de Barrameda y en La Habana, Cuba.

Bibliografía:

            Cos, M. del y Eyaralar, F. (1845): Glorias de Calatayud y su antiguo Partido, edición facsímil del Centro de Estudios Bilbilitanos, 1988, con reimpresión en 2015.

            Casado López, M. (2021): Las cofradías de Calatayud, Centro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud.

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EL ESTATUTO DEL CÁÑAMO Y SOGUEROS DE CALATAYUD DE 1607

Francisco Tobajas Gallego

El 22 de enero de 1607 Gaspar de Sayas, Justicia y juez ordinario de la ciudad de Calatayud, el doctor Miguel Marta, Juan Antonio de Moros, Juan Lucas, Andrés Terrer y Francisco Vacarizo, vecinos de la ciudad y personas nombradas por el concejo el pasado día 20 de enero ante el notario Juan Miguel Tris, estatuían y ordenaban lo siguiente:

Como se cometían grandes fraudes en las ventas de los linos, cáñamos, sogas y cuerdas, dando una cosa por otra, en engaño del comprador, ordenaban que desde aquel día en adelante y perpetuamente, todas las personas que vendieran cáñamo en la ciudad o en sus barrios, ya fuera grueso o menudo, estaban obligadas a hacer y vender los legajos de cáñamo sin mezcla de estopa ni cáñamo negro, bien agramados y limpios de cañamizas, para que el comprador viera lo que compraba. El cáñamo rastrillado se vendería el padrón por padrón, siendo igual por dentro y por fuera, y el hijuelo se vendería como hijuelo, sin estopas.

Cordelero, del libro de los oficios de Konrad Mendel, Stadtbibliothek Nürnberg, Amb. 317.2ª, f. 16r.

El que contraviniera lo arriba dicho perdería el cáñamo, que se quemaría, e incurriría en una pena de 60 sueldos y tres días de cárcel por cada vez. La tercera parte de la pena sería para el Justicia y sus oficiales, otra parte para el hospital de Nuestra Señora de la Piedad y la otra tercera parte para el acusador.

Se añadía que de las estopas rastrilladas se acostumbraba sacar tres suertes. De la primera, del propio cerro, que era la mejor, ordenaban que se sacara conforme pedía el oficio. La segunda, que era de cabos, debía ser de la misma manera. Y la tercera, que era de las espalderas, se sacaría limpia y sin cañamizas, bien rastrillada y sin mezclar unas con otras. El rastrillador que contraviniera lo ordenado debía pagar el daño.

Como los sogueros vendían las sogas y cuerdas sin declarar de qué clase eran los cáñamos, ordenaban que los que vendieran sogas en la ciudad y en sus barrios, estaban obligados a vender las sogas decarro por lo que eran y las de estopa por estopa. También debían decir cuando las vendieran cuáles eran de padrón, cuáles de hijuelo y cuáles de estopa, para que el comprador supiera lo que adquiría. El que no cumpliera con lo estatuido, tendría una pena de 60 sueldos y tres días de cárcel, por cada vez.

Cada año el Justicia podía nombrar a dos veedores, llamados veedores de los cáñamos, personas entendidas en este ministerio, para que realizaran las visuras que se ofrecieran llevar a cabo sobre lo contenido en este Estatuto. El Justicia podría nombrar para cada visura a los veedores que le pareciera, sin atender a los que hubiera nombrado para todo el año, que debían jurar ante esta autoridad cumplir fielmente con su cometido. El oficio de veedores comenzaría cada año el 1 de enero, hasta el 31 de diciembre.

El justicia y los comisionados se reservaban un año para corregir o enmendar lo que les pareciera de este Estatuto. Como testigos firmaban Jerónimo Figuer y Matías Joannil, nuncios.

Monumento a los sogueros. Plaza del Olivo, Calatayud.

El 23 de enero, ante el notario Juan Miguel Tris y los testigos presentes, Jerónimo Figuer, nuncio de la corte del Justicia de la ciudad, señalaba que, públicamente, entre las diez y las once horas de la mañana, en la plaza de la ciudad y en el lugar acostumbrado, en voz alta y con trompetas, había pregonado este Estatuto de principio a fin.

El 4 de febrero se nombraban a los veedores. Para los cáñamos rastrillados se eligieron a Jerónimo de Losa, soguero, y Benito Mara, taleguero. Y para los cáñamos agramados a Jerónimo de Losa y a Martín Moros, labrador, con los salarios y derechos que señalaba el Estatuto de la ciudad. Los veedores aceptaron y juraron el cargo.

Aunque las Ordinaciones de la ciudad señalaban que se podía nombrar a seis nuncios, el 15 de junio de 1607 se acordaría que con menos se acudiría mejor a la Justicia, siendo hombres inteligentes y asignándoles algún salario, que entonces no percibían. Por tanto estatuían que el lugarteniente y el Justicia solamente tuvieran cuatro nuncios, con un salario anual de 120 sueldos cada uno. La mitad se pagaría para san Juan y la otra mitad para Navidad. Cada uno de los cuatro nuncios debía servir y acompañar diariamente al lugarteniente, repartiéndose entre semanas.

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EL PROYECTO DEL ARQUITECTO BILBILITANO JOSÉ MARÍA LAFUENTE VILLALBA PARA LA RESTAURACIÓN DE LA ERMITA DE SAN ROQUE DE SAVIÑÁN

Por Francisco Tobajas Gallego

En el acta municipal del 1 de agosto de 1931, el Ayuntamiento de Saviñán acordó invitar al pueblo, para que contribuyera con sus donativos a la reparación de la ermita de San Roque. El Noticiero de Zaragoza informaba el 21 de agosto de ese mismo año, que el Ayuntamiento de Saviñán había abierto una suscripción popular para recaudar fondos, con el fin de restaurar el estado ruinoso en que se encontraba la ermita de San Roque.

            En el acta del 8 de julio de 1940 se nombraban a los concejales Pascual Sanjuán Mené y Francisco Pina para que representaran al ayuntamiento, formando parte de una Comisión que, junto al párroco y a otras personas, vieran el modo de reunir recursos para la restauración de la ermita de San Roque. Esta nueva comisión debió dar el empuje definitivo para el comienzo de las obras.

            Gracias a Mariano Pina Crespo conozco el Proyecto de Reparación de la ermita de San Roque, con la Memoria, Mediciones, Presupuesto y Planos de aquellas obras, debidas al arquitecto bilbilitano José María Lafuente Villalba, además de un cuaderno manuscrito, dónde la Comisión de Obras iría apuntando, día a día, los gastos ocasionados, con los ingresos y donativos recogidos.

En la Memoria del arquitecto se decía que se observaban grandes grietas verticales en todos los muros de la ermita. Estas grietas eran debidas a que el material de los muros, de mampostería y ladrillo con mortero de cal, se había disgregado al estar a la intemperie. Debido al empuje de los arcos torales, los contrafuertes exteriores donde apoyaban se habían separado del muro, girando en la dirección del empuje, debido también a la mala unión de los materiales. Esto ocasionaba que las bóvedas y los arcos estuvieran agrietados en la clave, con inminente peligro de derrumbamiento. La cubierta de madera sobre las bóvedas también estaba en mal estado, agravando su deterioro. Añadía que, quizá ya en el siglo XIX, se había elevado la altura de las naves de la ermita y sobre el atrio se había añadido un cuerpo en toda su altura, para que sirviera de coro. Por ello se había abierto un gran arco en el antiguo muro que hacía de fachada principal, ocasionando grandes grietas en los arcos del atrio de la ermita.

            José María Lafuente describía en su Memoria las obras necesarias a llevar a cabo. Primeramente, se derribarían las bóvedas de la nave central, excepto la del presbiterio y la cúpula sobre pechinas del crucero, que estaban en buen estado. Para evitar el empuje de las bóvedas y de los arcos, se haría una cadena corrida de hormigón armado en todos los muros, a la altura del apoyo de las bóvedas, para absorber dicho empuje. Los arcos torales se atirantarían por medio de dos varillas de veinte milímetros, ancladas convenientemente en la cadena de hormigón. Las bóvedas se reharían con dos roscas de ladrillo macizo y los arcos torales de un pie y medio de espesor. Se derribaría por completo el cuerpo de la entrada, dejando la nave principal como antaño, rehaciendo solamente el atrio de una sola altura. La cubierta se haría toda nueva, con armadura de madera y cubeta de teja árabe a torta y lomo sobre cañizos. Las grietas de los muros se rellenarían, sujetándose con llaves de ladrillo, de cuarenta centímetros de altura, por un metro de anchura, separadas entre sí por alturas de metro y medio. Los muros interiores se pintarían a la cal, los exteriores se jaharrarían y se estucarían a la cal. El suelo de la ermita se embaldosaría con baldosa hidráulica y el atrio con baldosín estriado. El presupuesto, con la carpintería y cristalería, ascendía a 97 202’80 pesetas, a las que había que añadir los honorarios del arquitecto y del aparejador, resultando un total de 102 257’34 pesetas. Este proyecto lo firmaba el arquitecto en Calatayud en abril de 1943, siendo visado en el Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón y Rioja el 2 de junio siguiente.

            Los gastos aparecen anotados desde abril de 1942 en este cuaderno manuscrito, recogiendo los portes y acarreos de la madera, cañizos, clavos, trócolas, yeso, cemento, picos y cubos. Los jornales se anotaban por semanas. El arreglo del campanillo ascendió a 200 pesetas y el perro del santo costó 90 pesetas. Hasta el año 1951 los gastos registrados ascendieron a 155 220’75 pesetas.

            Entre los ingresos se recoge que en marzo de 1942 el párroco había entregado 250 pesetas del teatro. El 20 de abril se anotaban 660’15 pesetas de la suscripción vieja. En mayo de 1942 se rifaría una maqueta del Pilar. En el acta municipal del 6 de abril de 1942 se apuntaba que se enajenarían los bienes de valor propios de la ermita, en caso de ser necesarios para su restauración. Asimismo, se acordaría que el ayuntamiento nombrara el día del Corpus a la comisión encargada de organizar las fiestas de san Roque, para evitar que sucediera lo de años precedentes.

El 30 de agosto de 1943 hay anotadas 6000 pesetas de la venta de las Marías y el 12 de febrero de 1944 se vendería un retablo que no se detalla por 10 000 pesetas. El 31 de julio de 1944 se anotaban 500 pesetas del sobrante del peirón de la Virgen del Pilar. En 1946 se sortearía una radio. En 1947 se consignaba la venta de fotografías por Tomás Asensio, de fotografías de san Roque y de programas, con sus correspondientes anuncios. También se hacían participaciones de lotería de Navidad y se vendían las maderas viejas, la palomina y los materiales sobrantes.

La lista que aparece de donantes es interminable. Todos los vecinos entregaron alguna cantidad, en medida a sus posibilidades. Tampoco faltó con su apoyo el ayuntamiento, el obispo de Tarazona, el gobernador y hasta el paisano Álvarez, desde Buenos Aires. Resulta emocionante encontrar donaciones de 500, 1000, 3000, 5000 y hasta de 10 000 pesetas, con otras de 5, 3 y 1 peseta. Los ingresos consignados hasta diciembre de 1951 ascendieron a 155 324’50 pesetas.

            En 1947, a instancias del párroco y de varios devotos de san Roque, se reorganizaría la cofradía con la finalidad de asegurar los actos religiosos tradicionales, dejando que la Comisión de Fiestas organizara y costeara los actos profanos. Los cofrades debían celebrar y costear las fiestas de los días 15, día de la Virgen, 16, día de san Roque, y 17, dedicado a los cofrades difuntos. Tras la misa del día 17, se celebraría una reunión en la sacristía, para distribuir los cargos para el año siguiente y pagar la cuota correspondiente para costear los gastos religiosos. Como Pascual Sanjuán Mené había sido alma de las obras de la ermita, se acordaría que fuera él el prior de ese año de 1947, como premio a su larga labor. Como abanderado fue elegido Jesús Gimeno Sanjuán, ocupando el resto de los cargos las personas que seguían a éste en la lista general que no conocemos. Los gastos ascendieron aquel año a 805 pesetas. Fueron ocasionados por el pan bendito, los tres sermones, los viajes y el hospedaje del predicador, el gasto de luz y las bombillas, la novena y las fiestas de la Virgen, de san Roque y de difuntos.

            Para las fiestas de san Roque de 1947 se editaría un programa. En él la Comisión de Obras informaba que todavía quedaba por tapar y colocar crucetas en las grietas de los muros exteriores, y recoger las boca tejas de los aleros. Por ello no había sido posible presentar un balance de cuentas. Según la comisión, la obra había pasado por muchas vicisitudes, defecciones, crisis, penuria, cuando no carencia total de materiales, precios altísimos, escasez de medios constructivos, etc., etc., pero todo se ha ido salvando, gracias a los ingresos que con toda oportunidad iban surgiendo; a la reconocida competencia de los señores arquitecto y aparejador de la obra, D. José Mª Lafuente y D. Bienvenido Daina, sin olvidar al maestro albañil Pedro de la Concepción, decorador don Manuel Pericás y demás artistas, encargado Juan Lacruz y humildes obreros que en la misma han intervenido, a todos nuestro agradecimiento. También le dedicaban un recuerdo a Nicolás Villalba, miembro de la comisión, que no había podido ver la obra terminada.

Fotografía de Francisco Tobajas

            La Banda de Música de La Almunia, con el maestro Gimeno, llegaría el día 14, entrando en el pueblo a los acordes del pasodoble Sabiñán,del maestro Marquina. El día 15 se celebraría procesión y misa, con sermón del capuchino Gregorio de Abaszuza. Por la tarde habría vísperas y completas en la ermita de San Roque, tras veinte años cerrada por estado de ruina. El día de san Roque se celebraría misa en la ermita, a la que se invitaría a Alfredo Sarto, principal donante de las obras, al arquitecto y al aparejador. Aquel año se instauraría la costumbre de llevar la reliquia a los cofrades enfermos. Habría también carreras pedestres y de bicicletas, bailes, encierros de vaquillas y un cuadro de cantadores y bailadores de jota, dirigidos por Matías Maluenda, que había conseguido el primer premio en el Certamen Oficial de Jota de 1946, a los que seguiría una ronda.

Fotografía Familia Pina-Gracián

            El prior escribía en el programa una bella y emotiva ofrenda a san Roque: Con todos mis respetos y todos mis amores/ mis esperanzas todas y toda mi humildad./ de rodillas me tienes, ¡Oh, glorioso San Roque!/ valedor del que sufre, curador de su mal./ No vengo a suplicarte prebendas ni favores,/ ni aquello que a tus ojos pudiera merecer./ Pues aunque muchos vean la ocasión de pedirte/ yo creo que aun estamos en hora de ofrecer./ Vengo pues a ofrendarte de mi vida cansada/ lo mejor que aún le quede de entusiasmo y fervor./ Y a tus pies peregrinos, buscadores de males/ humilla mi trabajo, mi desvelo y honor./ No mires el ropaje de estas pobres endechas/ que brotan de mi pecho sentidas como ves./ Yo sé que lo que pide quien va peor vestido/ está siempre más cerca de que tú se lo des./ Y porque se buen Santo que no sabes de olvidos/ y quieres que este pueblo sea tuyo otra vez…,/ Tan sólo esto te pido. Que veles por tus hijos./ Restaura sus costumbres y acrecienta su fe.

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