DOS VISITAS AL MONASTERIO DE PIEDRA, EN 1830 y 1842. Por Vicente de la Fuente. (Conclusión)

Imagen extraída del tomo VII del Semanario Pintoresco Español, 1842, p. 357.

S IV.

Cuando visité por primera vez el monasterio de Piedra en Setiembre de 1830, se oían a lo lejos rumores bélicos en medio de la gran paz que disfrutaba España desde 1826. Hablábase de conspiraciones en el extranjero, de resultas de la caída del trono de Carlos X en Francia.

Pocos días después marchaba á Tudela a estudiar el tercer año de filosofía en el Seminario conciliar recién fundado por el Sr. Obispo, tercero y último de aquella diócesis: el curso comenzaba al otro día de San Lucas. ¡Pero que extraño espectáculo presentaba aquella pacífica y laboriosa población!

La noche anterior había venido en posta D. Benito Eraso para llevar á Pamplona los voluntarios realistas de aquella ciudad, con los de Cascante y Corella, pues Mina y Chapalangarra habían entrado por la frontera y había salido á batirlos la escasa y trabajada guarnición de aquella ciudad. Los voluntarios se negaron a marcharse sin despedirse de Santa Ana. Hubo que llevarlos á la Catedral, se dijo una Misa en la rica, pero churrigueresca capilla de la Santa, y a la salida dijeron los voluntarios: -¡Ahora á donde quiera el Rey!

¡Que espectáculo aquel para un joven seminarista que un mes antes había estado unos días en Nuévalos y dos tardes en el monasterio de Piedra, encantado de ver aquella gran calma monástica en medio de una soledad, entonces apenas conocida ni visitada, cuanto menos frecuentada! Pero mayores habían de ser el contraste y el doloroso desencanto al visitar aquellos parajes diez años después en medio de aquella soledad todavía más solitaria,

Aquella nube que asomaba por el Pirineo en 1830, habla sido barrida: pero otras y otras nubes, viniendo de todos los puntos del cuadrante, habían oscurecido el horizonte. La guerra civil terminada en 1824 había vuelto con mayor intensidad y horrores, y los monjes de Piedra habían salido del monasterio como en 1812 y 1821; mas por desgracia esta tercera vez sin esperanzas de volver. También en los claustros de la solitaria Abadía monástica había soplado la discordia con su hálito venenoso; algunos monjes jóvenes, cuyo espíritu no estaba bien formado, por efecto de las vicisitudes anteriores, se habían liberalizado y tenían deseos de mando y de ambición. ¡Desdichados, acusaron á los ancianos y virtuosos monjes de quiméricas conspiraciones, y quedaron presos en las mismas redes que tendían a sus superiores! En vano el conde de Mirasol, que imperaba en jefe en Calatayud, pues entonces cada comandante militar era un bajá de tres colas, despreció aquellas hablillas y codiciosas calumnias, cuyos móviles y tendencias no se le ocultaban. En una breve ausencia suya subió la milicia nacional de Calatayud al monasterio de Piedra, y algunos de los que la componían bajaron con más peso del que llevaban a la subida. La Comunidad quedó dispersada, y los monjes, unos desterrados a Jaca y otros puntos fortificados, y los jóvenes a sus casas ó á donde pudieron tener acogida. El último Abad, P. Íñigo Melendo, concluida la guerra civil, regreso á Calatayud, su patria, donde murió cargado de años. Algunas veces le recordaba la benévola acogida que me hizo en 1830, cuando era el P. Abad de Piedra y yo humilde estudiantillo, y gozaba al oírme contar las impresiones de mi expedición a su monasterio.

Allí murió también otro monje anciano y compañero suyo, el P. Serrano, muy aficionado al estudio de las ciencias naturales, versado en agricultura y mineralogía, à la altura que tenían entonces aquellas ciencias, de pocos cultivadas en España. Él fue quien denunció las fuentes minerales de Paracuellos de Jiloca, y comenzó a construir los primitivos baños, hoy tan concurridos, y que la competencia hace ir mejorando.

S V.

Corría el año de 1841, y era también por el mes de Setiembre, cuando por segunda vez estuve a visitar el abandonado y ya ruinoso monasterio de Piedra. En unión de otros dos jóvenes amigos de Calatayud, subí a Nuévalos. Esta vez no me aloje dentro del pueblo, ni en la casa del alcalde; fue en el molino situado al pie del cerro, donde saliendo el rio Piedra de las estrechas gargantas por las cuales se desliza, rodeando al pueblo, sale a la vega. El molino debió ser parte de la fortificación avanzada en antiguos tiempos, pues consistía en tan fuerte torreón de piedra. La molinera habla criado á uno de mis compañeros, y nos dispensaba a los tres el mismo cariño que al que había criado a sus pechos; con esa ruda, pero cordial franqueza de la hospitalidad del campesino aragonés, cuyo corazón es más ancho, por decirlo así, que su espaciosa y hercúlea espalda. Para almorzar solía convidarnos con un par de truchas frescas de las que aún estaban en el arroyo, y que un cuarto de hora después estaban ya sobre tosco, pero limpio mantel de granillo, después de ser pescadas a nuestra vista con singular destreza por un chico, que al efecto entraba, en las cristalinas aguas, que calan al pie del viejo torreón, después de haber movido las pesadas ruedas y precipitarse espumosas y rugientes. Las truchas acudían en gran número al cebo de las partículas de trigo que arrastraban las aguas; y el diestro muchacho, después de estar reposando un rato dentro del agua, cogía la que mejor le parecía, y la arrojaba á la orilla, sin que jamás errára golpe.

Un día convinimos en subir hasta el monasterio, la parte opuesta del árido valle por donde once años antes había subido al monasterio. No fiando mucho en nuestra habilidad piscatoria la molinera, había provisto bien nuestros morrales.

El valle por donde subimos es sumamente feráz y delicioso, lleno de huertecillos cuajados de árboles frutales. Los melocotones y demás fruta de Nuévalos son muy delicados: los melones pasan por ser de los mejores de aquella tierra. Los dueños de los huertecitos nos ofrecían frutas cariñosamente. Comiendo, más que pescando, llegamos hasta el sitio donde el río Piedra cae con pavoroso estruendo, encajonado entre las rocas desde formidable altura. Mirando desde lo alto el hermoso chorro, a la elevación de 8o metros, se siente lo que se llama la atracción del abismo; esa especie de conato de arrojarse a la horrenda sima. Pero en la parte inferior venía a sentirse la misma especie de atracción, aumentada por lo sombrío y salvaje de aquel sitio; el estruendo monótono, pero pavoroso, de la enorme cascada; lo resbaladizo del sitio por las húmedas malezas impregnadas de las gotas de agua que salpican del choque de la cascada con las aguas verdosas y estancadas, que forman una especie de lago, cuya profundidad debe ser grande.

Ya nos había advertido la bondadosa huéspeda que no nos arrimáramos mucho a la orilla, pues había algún peligro, y más de un pescador habla desaparecido allí. Una comadre, que oyó la recomendación, nos añadió con ademán misterioso otro peligro que había allí mucho mayor, pues sabía por su marido, que era pescador, que allí había barbos tan enormes, que podían más que un hombre, y que tiraban del sedal con tal violencia, que arrastraban al abismo la caña y el pescador. Nos añadió que se decía que algunos de los dichos enormes barbos tenían pelo.

-Lo tendrán en las barbas, dijo uno de los oyentes, puesto que son barbos.

Como ya nos advirtió la buena mujer que su marido era pescador, calculamos el motivo que esto tenía en hacer correr tales voces.

Ni con pelo ni con escamas logramos pescar apenas nada, pues un chaparrón que comenzó a caer, nos obligó a refugiarnos á una covacha inmediata, llamada de los pescadores, según otros a quienes allí encontramos almorzando.

Cesó la lluvia, pero con amagos de volver. Como meros aficionados, hallamos poco grato el estar mojándonos hasta los tuétanos con una caña en la mano, representando el papel de hombres de bien, pues el pescador de caña está generalmente reputado por hombre de bien y muy sufrido.

Acordamos, pues, subir al monasterio, puesto que esto entraba en el programa.

S VI

¡Qué diferencia, cielo santo, de lo que habla visto once años antes! por todas partes ruinas, maleza é inmundicia. La puerta de la iglesia, si es que la había, estaba abierta. Allí se dirigieron nuestros primeros pasos. Salía algo de humo, y llegamos á creer si algunos otros pescadores estarían calentando allí su almuerzo, ó algunos gitanos habrían establecido su aduar en la iglesia.

No era eso. Por todas partes se veían altares rotos, efigies tiradas por el suelo, trozos de madera pintada ó dorada. En medio de la iglesia, hacia donde había estado el coro, estaba tirada una gran estatua de San Bernardo, colosal: tendría más de cuatro metros de altura. Estaba quemándose, y en ella golpeaban unos hombres zafios, y ennegrecidos por el humo, como se golpea en el enorme tronco de roble que arde en la cocina de un mayorazgo lugareño, para sacar lumbre de él. Una compañía de judíos, que ¡judíos habían de ser! había hecho con el ministro Mendizábal, de funesto recuerdo para la Iglesia, un trato para quemar altares de iglesias y conventos, y aprovechar el oro que lucía en ellos; sórdida economía y miserable industria, por no llamar de una y otra asquerosas. Al efecto quitaban con unas azuelas ligeras capas de madera dorada que arrojaban al fuego, y que ardían en breve por efecto del barniz y de la gran resecación de la madera. Lavaban luego las cenizas decantando el oro que había quedado entre ellas. De fogón para esta hoguera servía la colosal estatua de San Bernardo, que en mejores tiempos alternaba con la de San Benito á derecha e izquierda del enorme retablo, que llenaba el ábside del presbiterio, obstruyéndolo, afeándolo y haciendo el deplorable efecto que hacen esos armatostes de madera dorada y churriguerescos follajes en las iglesias góticas, donde los colocó una piedad poco ilustrada y guiada por depravado gusto. Pero el que desdijera aquel follaje y aquella arquitectura greco-romana, del conjunto de la gótica iglesia del monasterio, no autorizaba tan ruin y sacrílega profanación.

El altar mayor estaba ya derrocado en su mayor parte: en medio del presbiterio estaba tendida y mutilada la otra colosal efigie de San Benito, con su cogulla negra, esperando que acabara de quemarse la de San Bernardo para seguir su suerte. Entre tanto se habían entretenido en profanarla cortándole la cabeza aquellos artistas de guillotina.

Los altares estaban ya destruidos y casi quemados todos. Los tres jóvenes que presenciábamos aquella escena, pertenecíamos á diferentes partidos políticos, y, para tener paz, habíamos convenido en no hablar de política. Debo decir, en honor del representante del progreso moderno, pues uno era (con perdón sea dicho) progresista, que no le pareció bien: era progresista, ó como decían entonces, exaltado, que oía misa casi todos los domingos; a los otros dos nos pareció muy mal, y en silencio, pues otra cosa no podíamos hacer, salimos de la iglesia.

Penetramos en el monasterio, aunque con precaución, pues había principiado ya de hundirse y no se podía andar por él sin riesgo. La escalera estaba llena de escombros, el techo hundido, y algunas vigas amenazaban caer sobre el que produjese allí la menor agitación y aun el menor ruido. Todavía, en una de sus paredes se leían los fatídicos versos del fúnebre aldabón, que daba los tres golpes pavorosos para avisar á la Comunidad que un monje estaba agonizando.

Hie cum quis moritur, ad me currendo venirer,

Et me clangente turbantur corda repente.

El agua que acababa de caer formaba charcos entre los escombros, y del claustro principal caían filtraciones y goteras al claustro bajo.

No quisimos ver más: tampoco se podía ver más sin grave riesgo.

S VII.

Todavía nos aventuramos otra vez a subir al monasterio, pero no pescando por el lado del rio, sino por el opuesto, que otras dos veces había recorrido once años antes. El peirón de la Virgen del Pilar estaba ya desmoronado.

Por el valle, árido en otro tiempo, serpenteaba un arroyo que fecundaba aquellos campos, llamados de los Albares, como la grandiosa ermita de la Virgen que lleva esa advocación.

¿Que se había hecho del Cura de la mina?

La mina se había terminado, y sin necesidad de un Mossen Pierres Bedel, ni de ingeniero, los trabajos, hechos en opuestas direcciones, coincidieron, sin discrepar poco más de un metro. El Vicario murió poco después de ver precipitarse el agua, inútil antes, por la opuesta ladera que debía fecundar. No logró saborear su triunfo, sino por el contrario muchos disgustos. A pesar de haber logrado lo que deseaba, esa bestia, que llaman opinión pública, se empeñó en llamarle loco, la mayor parte de los propietarios se negaron a utilizar las aguas; hubo apuros para pagar, no faltó algún pleito, y, para remate de fiesta, los inteligentes dieron en decir que los antiguos melones de secano eran mucho mejores que los regados, por supuesto cuando se lograban, pues se solía perder la cosecha casi todos los años por la sequía.

¡Y métase Vd. en España á procurar aguas para riegos, a riesgo de que le llamen loco! Aquí lo mismo se despueblan las aldeas por tener agua, que por no tenerla. Donde la hay se deja á las aguas ir por donde quieren; el álveo se llena de arena y guijarros; cada inundación deja los campos llenos de charcos y de aguas estancadas; sobrevienen las tercianas y calenturas palúdicas, y el pueblo que contaba cien vecinos a principios de este siglo, cuenta ahora doce ó catorce hombres enfermizos y grandes consumidores de quina, ó de puchericos de Riaza.

Por esta vez no quisimos entrar en la iglesia, de la cual todavía salía humo, ni visitar las ruinas del monasterio. Recorrimos la huerta y admiramos sus cascadas, que iban por donde querían, y el chorro palomero, y todo lo que da de sí la naturaleza en aquellos parajes, y puede admirarse ahora, como entonces, y admira á los turistas, y se refiere en folletos y artículos de revistas y periódicos.

Subimos también á los argadiles, y comimos medio fiambre, medio caliente, en la cueva que, con prosaica, pero muy gráfica frase, nos dijo nuestro guía que se llamaba de los tetones; y, en efecto, en muchos de ellos la acción de las aguas habla formado hasta una especie de pezón en cada protuberancia à modo de un pecho.

De allí trepamos al cerro de Piedra Vieja, donde estuvo la aldea y su castillo, que por estar casi despoblado, die D. Alonso II de Aragón al Abad Gaufrido, que luego vino de Poblet, en 1233, y reinando D. Jaime I.

Una ermita marcaba el sitio donde habían estado el pueblo, el castillo, la iglesia y el primitivo monasterio: de ninguna de estas cuatro cosas quedaban vestigios en el escueto cerro, En otros tiempos subía un monje en determinadas ocasiones a decir Misa en la ermita, por las almas de los antiguos moradores. A la sazón ya no había culto en ella.

Desde el cerro se dominaba perfectamente el monasterio a vista de pájaro; la gran cerca amurallada con todos sus cubos y torreones, y el vasto páramo en medio del cual estaba situado. Dominábanse también los vastos y hermosos horizontes que con tanta destreza trasladó al lienzo, años después, el gran paisajista Haes, y que honraron una exposición de pinturas.

Uno de los tres compañeros, aprendiz de dibujo, entre aficionado e inficionado, y por supuesto antítesis de Haes, sacó su cartera, y mientras los otros dos estábamos admirando aquel vasto y hermoso panorama, trazó algunas líneas con lápiz, probablemente las primeras que se hicieron (1). En el tomo VII del Semanario Pintoresco, correspondiente al año 1842, página 357, podrán verlas, ya que no admirarlas, juntamente con un artículo descriptivo que firma un tal V. de la F., que son ¡maldita casualidad! las iniciales de mi nombre y apellido.

El autor comenzaba su artículo con estas frases: «Al paso que cautivan nuestra atención las estampas extranjeras que representan vistas de otros países, como los lagos y montañas de Suiza, los castillos de Francia, los palacios de Italia y las catedrales de Alemania e Inglaterra, apenas nos dignamos echar una mirada sobre los encantadores paisajes y las bellas construcciones de nuestra pátria, y, por lo común, ni aun noticias tenemos de ellos, si no los encontramos al paso, ó algún inteligente llama sobre ellos nuestra atención. Mil bellezas yacen escondidas en nuestra pátria, y otras mil han sido destruidas ó están próximas á perecer, sin que el lápiz del artista haya sacado lo que pudiéramos decir su mascarilla, antes de que vuelvan a la nada. Por otra parte, al paso que tropezamos por doquiera con vistas del Escorial, de la Giralda y otras varias partes, reproducidas hasta lo infinito, apenas encontramos ni áun dibujos de otros puntos no menos interesantes, si no por su grandeza, al menos por su hermosura y originalidad. Esto sucede con el monasterio de Piedra, que en la actualidad nos ocupa, del cual será quizá la vista que acompañamos la primera que ha sido grabada por el buril de un artista.»

De entonces acá, en cuarenta años, las cosas han cambiado mucho. El monasterio de Piedra no sola mente no es ya una cosa desconocida, sino que antes al contrario es un sitio muy conocido, demasiado conocido y frecuentado, solo que en lugar de encontrar allí al P. Inigo y al cillerer cisterciense, que obsequiaban in illo tempore gratis et gratander, se encuentra al fondista que dice la bolsa ó la vida, y á 30 rs. la visita.

Yo no me meto en dibujos, ni en comparaciones, que rara vez dejan de ser odiosas. Para verlo tal cual yo lo vi, ruinoso, profanado por los quema-santos en 1842, preferible es, y mucho, el verlo tal cual se visita ahora, cómodamente y mejoradas las bellezas naturales, siquiera hayan desaparecido las religiosas y artísticas. Pero si esto tiene sus ventajas para los turistas, lo que había allí en 1830, y cuatro años después, las ofrecía para los hombres religiosos, amigos del respeto debido a lo ajeno, y a que los cuerpos arquitectónicos tengan almas conformes á lo que ellos requieren.

Y si los turistas frailófobos, á quienes aludí al principio, dirigen invectivas contra lo antiguo, no extrañen que les respondamos en el mismo tono, pues el que quiera que se respeten sus opiniones, debe comenzar por respetar las ajenas.

(1) El dibujante no lo hizo muy bien, pero tampoco el grabador se esmeró gran cosa en él, ni en corregir defectos que una mano diligente y cariñosa hubiera podido rectificar fácilmente.

VICENTE DE LA FUENTE.

La Ilustración Católica,año VI, n.º 7, de 21 de agosto de 1881, Madrid.

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