El presidente de la Diputación Provincial visita el Centro

El pasado martes, 2 de agosto, el presidente de la Diputación de Zaragoza, Luis María Beamonte, visitó la sede del Centro de Estudios Bilbilitanos dentro del primer recorrido institucional por Calatayud, tras la toma de posesión de su cargo.

Estuvo acompañado por el alcalde Bilbilitano, José Manuel Aranda, el vicepresidente de la institución provincial, José Antonio Sanmiguel y otros concejales bilbilitanos, como la responsable de urbanismo, Mercedes Sarrate, ya que uno de los objetivos de la visita era comprobar in situ los problemas estructurales del edificio de la puerta de Terrer, sede del CEB.

El presidente de la DZ fue recibido y acompañado en la visita por Manuel Micheto, presidente del CEB, que depende de la Diputación en la medida en que es filial de la Institución Fernando el Católico (entidad cultural de la DZ), que se encargó, junto a otros consejeros, de mostrarle la Puerta de Terrer. En su recorrido pudieron contemplar la vista de Calatayud desde la terraza del edificio.

En su visita, Luis María Beamonte firmó en el libro de oro del centro y conoció sus instalaciones sala de reuniones, depósito de libros, biblioteca… mostrando especial interés por la sección de hallazgos arqueológicos.

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El yacimiento celtibérico de Valdeherrera

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El claustro del Santo Sepulcro: Recuperación e interpretación

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Treinta motivos para reencarnarse en mosquito

Por FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO

Treinta motivos para reencarnarse en mosquito es el extraño y original título que ha elegido José Luis Gracia Mosteo para encerrar sin llave treinta críticas de libros extraños o no tan extraños, tantas como viene a durar un mes hábil, día más día menos, en el que comprobamos a simple vista y de principio a fin, su pasión por los libros leídos y vividos, que son multitud, y por la buena literatura que nunca cansa y siempre sorprende, alimenta y aligera el tiempo de la espera. Nuestro amigo duda como un príncipe, entre vivir leyendo o vivir bebiendo, que viene a ser tres cuartos de lo mismo, porque «leer es beber en la barrica del libro».

Machado ya cantaba a las moscas de toda la vida, que le evocaban todas las cosas. Esas moscas de escuela, de taberna, de sacristía, de burdel, de tienda de ultramarinos, de oficina de vuelva usted mañana, de secretaría de Ayuntamiento, de cementerio y hasta de mesa de cocina de fonda con trato familiar, con hule y botijo de agua fresca. Tampoco debían faltar a esta grotesca comparsa las famosas moscas de la miel, que sacaba de rondón Antón Pitaco en un cuento antológico. Quevedo hizo lo propio con el mosquito del vino, que debe ser primo hermano de la mosca del vinagre, que ya se estudiaba en bachiller, con los guisantes que dieron lugar a las leyes de Mendel. Además de todas estas clases de moscas ibéricas, más o menos clásicas y hasta familiares y aristocráticas, en nuestro solar patrio siempre han gozado de merecida fama las llamadas moscas cojoneras, las moscas inoportunas, que se citan a la hora de la siesta, los moscardones, gordos como canónigos de servilleta, y los tábanos. En mi pueblo nunca se echaban en falta estos salvajes tabanos (sin acento) que, como legión Tebana, te podían comer a mordiscos, produciendo en las piernas unos moratones de campeonato. Poblaban los montes en la época de las cerezas de Monzón, con la madreselva y la manzanilla, y atacaban por un igual a los burros, a las mujeres y a los chicos con pantalones cortos, a los que les ponían las piernas rojas y duras de moratones. Para combatir su veneno, el médico del pueblo me recetó en una ocasión unas pastillas de tragar, que no sabía tragar. Los médicos siempre llevando la contraria.

La llegada de la democracia marcó un punto de inflexión, a partir del cual fueron desapareciendo progresiva y paulatinamente las moscas y los moscardones de nuestro paisaje familiar y hasta social.

Nuestro amigo Mosteo nos confiesa su meditada intención de reencarnarse en mosquito, deseo que no comparto en absoluto, pues los mosquitos, aun los nocturnos, son insectos sin personalidad, sin perversiones conocidas y sin leyenda negra. Siempre he pensado que los mosquitos de Salou son algo maricones. Eso de pasar zumbando delante de la oreja del veraneante ocasional, una noche tras otra, una y otra vez, es un entretenimiento propio de gente de poco juicio, que tiene sesos de mosquito.

Para querer reencarnarse en mosquito, primero entiendo que se tenga que vivir como Dios manda, o sea, siendo persona de bien querer y desear, con las tres potencias del alma activadas, y el corazón dispuesto para amar y dejarse querer sin demasiados aspavientos y no exigiendo más que el pan, el agua, el sol, el aire y el folio en blanco de cada día.

Nuestro amigo Mosteo confiesa sin pizca de rubor que prefiere cascar a la buena sombra de su paraíso de libros raros, para ser quemado seguidamente en una pira pagana con estos mismos libros leídos y digeridos, con los labios aún frescos del vino joven y rebelde de la tierra colorada de Calatorao. Al fin y al cabo todo serán cenizas, polvo serán, como escribía el poeta, pero polvo editado y enamorado. Y con la baja voluntaria en la Seguridad Social, y tras los preceptivos y publicados artículos de elogio y las medallas póstumas, se entraría a formar parte de pleno derecho de la especie de los mosquitos que se elija, que hay un centenar de ellos, todos con alas. Pero para que eso suceda aún queda mucho tiempo para escribir y para volver a escribir, para beber y para vivir, para gritar y para callar.

Hacia la mitad de esta vida ávida y avivada, nuestro amigo Mosteo, que aprovecha bien el tiempo, nos invita en esta ocasión a un viaje sin alforjas, a un divertido safari con cazamariposas, sombrero de explorador, pantalones cortos y cantimplora de agua, a lo largo y ancho de la selva de los libros raros, hasta el mismo confín de los bosques de los libros libres.

Un crítico, viene a decir nuestro amigo, es como uno de esos catadores que acompañaban a los césares, reyes, príncipes, papas y demás potentados, para que probaran antes que sus mercedes la comida y tuvieran primero un buen provecho. Nuestro amigo Mosteo ha probado y saboreado por nosotros todas las novedades habidas y por haber, y nos confirma, un tanto extrañado, que aún ha encontrado algo nuevo sobre el papel. Eureka. En este menú que se nos ofrece, con primeros y segundos platos, postre, café y licores a elegir, podemos saborear en nuestra mesa lo que sea de nuestro gusto y gana, con la completa seguridad que los ricos manjares elegidos y apetecidos nos van a sentar bien en las tripas.

Nuestro amigo nos confía a pies juntillas que en los actos literarios tiene costumbre de vestir americana y corbata, para marcar distancias. Cuidado, amigo Mosteo, pues en casi todos los banquetes de postín, las corbatas se capan sin piedad y el novio o la novia, según, cuando les piden a gritos que tomen la palabra, tras el beso de rigor, en su cierto desconcierto, sólo aciertan a pedir con mucha decisión que corten más pan. Más pan, más poesía, más pasión y más madera, faltaría más.

En este libro de crítica, en plural o en singular, unas veces amable, condescendiente y en cambio en otras despiadada y sin medias tintas, nuestro amigo nos desvela las glorias y las miserias de la literatura y de sus protagonistas, contándonos toda o casi toda la verdad de su verdad, que se parece mucho a la nuestra. Porque, a decir verdad, hacer una crítica interesada de parte de la mentira, para luego aparar la mano, es cosa de cobardes y de memos. El mundo de la literatura es un mundo en el que caben los siete pecados capitales, un mundo de hombres llenos de aire o de borra, tanto monta, ansiosos de dinero, de medallas y de honores académicos. Ahí es nada. Todos sabemos que un escritor puede ser capaz de escribir hasta media docena de libros buenos o interesantes, hasta el mismo día que se topa de frente con el éxito y el dinero. Entones el buen escritor suele escribir libros malos con tapas duras. Es esa misma gloria en cueros la que provoca la completa infidelidad del escritor hacia sus, hasta entonces, fieles costumbres y compañías.

Nuestro amigo Mosteo nos muestra en esta treintena de críticas, por activa y por pasiva, su fe en los libros, su esperanza en los libros bien letrados y también su caridad con los libros, porque todos los libros, por malos que sean, siempre guardan una enseñanza útil, como recordaba nuestro abuelo Gracián. Nuestro amigo es un hombre curtido en más de mil libros, en más de mil batallas leídas y releídas, y en más de mil escenarios, donde ha conseguido aprender y aprehender otras tantas enseñanzas, anécdotas, recuerdos, amigos y enemigos. Para él la vida siempre es una vida de letras, sean de hábito o de débito, que transcurre día a día y hora a hora hablando de letras, leyendo páginas enteras de letras, comiendo sopa de letras y soñando letras y más letras en libertad y buena compañía. Por ello y como consecuencia de aquella acción apasionada y apasionante, nuestro amigo Mosteo es un hombre de citas, con perdón, y nos las recita de memoria como la lista de los reyes godos, los mandamientos de la Ley de Dios, o los jugadores del Zaragoza en la época de los cinco magníficos. Nuestro amigo posee una cultura vasta, de la que nacen vástagos ya criados y medio escritos.

Como en la viña de la parábola, en la viña de las letras crecen y maduran libros sosos y aguados, libros que se repiten como el ajo, libros frescos como una ensalada de tomates del huerto con olivas negrales de Saviñán y aceite del año, libros pesados como un asado con patatas panaderas, libros vacíos como los platos de la nueva cocina, libros libres como un gorrión de canalera, libros raros como un esperpento, libros gordos como un canónigo doctoral, libros viejos que guardan el olor de los tomillos en flor, libros relamidos escritos sólo en las solapillas, libros locos y libros cuerdos, pues hay tantos libros como escritores. Nuestro amigo, como Borges, se siente más orgulloso de lo que ha leído que de lo que ha escrito. Modestia aparte y a partes iguales.

De su palabra, bien apalabrada, sabremos de ilustres escritores como Kafka, Fernández Mallo o Stevan Zweig, de escritores escondidos como Ignacio Escuín, Félix Romeo o Alfredo Saldaña, y de escritores ignorados como Ricardo Molina, Armando Buscarini o Baylín, aunque la procesión de colegas va por dentro del libro. Los libros, dice nuestro amigo, vienen a ser como «cajones de sastre con más agujas que hilos donde coser la lectura al pensamiento». Nuestro amigo elabora unas frases contundentes y concluyentes. Es brillante e hilarante. ¿Qué se le puedo pedir más?

Hay libros que saben a natillas, al menos a mí me lo parecen, a puré de patatas, a lentejas de colegio, a sopa de cuartel, a paella mixta, a patatas bravas, a gambas con gabardina y a bocadillo de calamares a la romana. Otros en cambio saben a chorizo picante, a cocido, a churros, a carne a la brasa y a caracoles con ajoaceite. Y aún hay más libros que no saben a nada, que no dicen casi nada, y a lo mejor tampoco sirven para nada.

Como decía Baroja, con sangre no se hacen novelas sino morcillas, sean de arroz o de cebolla. Y por la misma regla de tres, sólo con palabras desnudas y apasionadas se puede escribir poesía, esa arma cargada y sobrecargada de futuro. En el libro de lectura de bachiller venían unas coplas de Quevedo, que en una ocasión propicia escondió bajo la servilleta del rey, en una mesa bien surtida. Unas coplas que produjeron en las tripas reales un torzón monumental. Por ello el escritor, que cambió de estado en el palacio de Cetina, estuvo preso cinco años en San Marcos de León, a pan, agua y poesía. Las palabras puestas en verso en manos de Quevedo, de Marcial o del mismo arcipreste de Hita, se convertían en una potente y contundente bomba de la relojería poética. Sin embargo, hoy es un arte de pocos para pocos, pero esos pocos aún están convencidos y confiados que algún día las palabras cambiarán el mundo, aunque sólo sea de nombre y apellido.

Nuestro amigo Mosteo ha reunido en este libro a un buen número de poetas probos y prostáticos, a poetas sociales, a poetas clásicos, a poetas cultos, a poetas idealistas, a poetas novísimos, que se han hecho viejos de la noche a la mañana, a poetas de endecasílabos y de palíndromos, y a poetas locos y raros, como Armando Buscarini, «que viajó del norte al sur de la razón», sin encontrar otra compañía que su locura. Cela escribía que el escritor que no estuviera dispuesto a pasar hambre, mucho hambre, no llegaría muy lejos. El bueno de Buscarini pasaba necesidades y escribía por no robar, pasando después la bandeja a los escritores afortunados, amenazando con ahorcarse delante de la ventana del salón de la casa del escritor roñoso. En otras ocasiones chantajeaba a sus convecinos que no querían comprar sus libros, asegurando que se tiraría de punta de cabeza desde el viaducto. Todos sabemos que aquel que dice en voz alta sus intenciones, rara vez las cumple. Buscarini llegó a escribir de puño y letra al rey Alfonso XIII, no unas coplas jocosas sobre sus devaneos nocturnos con actrices o sobre el hambre no menos real de los poetas, sino una carta seria, pidiéndole que a su muerte decretara cinco años de luto en el mundo de las letras. Y es que, como escribía Keats: «Un poeta es la cosa menos poética del mundo». El éxito y el fracaso. Luto y alivio. Merde pour la poésie.

Buscarini me recuerda a otro escritor bohemio que murió loco, ciego y furioso: Alejandro Sawa, en el que se inspiró Valle Inclán para dar vida a su Max Estrella de Luces de Bohemia. Sawa dejó un libro inédito, titulado Iluminaciones en la sombra, un «diario de esperanzas y tribulaciones». Sólo los ciegos y los poetas consiguen ver que en el fondo del oscuro callejón brilla una pálida y paciente luciérnaga enamorada.

En este libro de moscas, mosquitos y moscardones de nuestro amigo Mosteo, también encontraremos en sus páginas correspondientes, noticias ciertas de merecidos halagos hacia varios colegas que le dan a la prosa muy prosaicamente, como nuestro admirado Pepe Verón.

Nuestro amigo Mosteo nos revela a tiempo que no todos los libros que se escriben son literatura ni mucho menos. «Es más, la mayoría de los que se encaraman en los puestos de ventas, no pasan de folletines baratos», por su valor, se entiende, que no por su precio.

Como no iba a ser de otra manera, nuestro amigo Mosteo nos confía en voz alta sus últimas o penúltimas voluntades en el epílogo de este libro fresco y libresco, por demás. Y si su abuelo Mariano Abarca pidió ser enterrado con una garrafita, un cucurucho de olivas y un bastón con estilete, bajo las piedras y los cielos de Oliván, nuestro amigo Mosteo prefiere hacerlo entre los libros que admira y que guarda como oro en paño. Con ellos a su lado es posible que consiga reencarnarse en un mosquito sabio. Salud, amigo Mosteo, y que la posteridad sea consecuente y coloque a cada cual en su lugar. Ni más arriba que el primero y más abajo que el último.

Desde este preciso momento quiero considerar a los mosquitos de Salou como parientes míos, aunque lejanos. Queda dicho.

Nota: El libro Treinta motivos para reencarnarse en mosquito, de José Luis Gracia Mosteo, se presentó en el Museo de Calatayud el pasado 3 de junio. A este acto entrañable no acudió ningún moscardón.

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Espectral

FRANCISCO TOBAJAS GALLEGO

Ángel Guinda confiesa que comenzó a escribir su último libro, Espectral, una noche de enero en Madrid, en la mesa de una cafetería próxima al Museo Sorolla, mientras saboreaba un gintonic y contemplaba el mundo desde su exilio interior a través de una amplia cristalera. Espejo o espejismo. Manual de un corazón comprometido y apalabrado. «Somos cautivos de lo que vivimos. ¡La máxima clausura es la obsesión!».
El poeta, bien podía haber elegido ser funcionario, bedel, barrendero o sepulturero, y pasar el tiempo libre resolviendo crucigramas, sudokus, sopas de letras, o bien echando una partida al guiñote o al ajedrez. Pero ser «poeta no es una profesión. Ser poeta es una posesión». Mala suerte, amigos, con los honrosos oficios que hay en el mundo.
El poeta nos recuerda que una tarde que estaba sentado en un banco del Paseo de la Constitución de Zaragoza, ensimismado y meditabundo, ante una escultura de dos amantes emparaguados, se le apareció la poesía, con mayúscula o con minúscula, poseyéndolo por completo, robándole la calma, la tranquilidad, el sosiego y hasta la juventud. Tenía entonces dieciséis años y desde aquel preciso momento, la vida ha sido y, por fortuna continúa siendo, una existencia y también una resistencia «a golpe de versos». No hay ningún otro remedio, o veneno, o antídoto, o dios.
Espectral es un libro de bolsillo, un oráculo lineal, en el que caben grandes preguntas, grandes y graves palabras, que se pueden gritar una noche cualquiera desde la última ventana de un rascacielos, desde un puente solitario, sobre un río impetuoso, desde lo alto de un campanario, desde el Moncayo, «voluptuoso dios de la armonía», o desde los bosques «engullidos por la especulación de los aserraderos». Unas palabras, dichas a gritos a los cuatro vientos, que molestan al poeta, que le duelen como un dolor de muelas o de corazón, que le escuecen, que le devoran por dentro y que también le enfurecen y le enrabietan, y no le dejan pegar ojo por las noches. Palabras que son a la vez contundentes puñetazos, martillazos secos, badajos de campanas que tocan a arrebato, gritos en las calles, palabras en vendaval que nos cogen desprevenidos y nos sobrecogen.
Espectral es un libro de gritos desgarrados entre admiraciones gramaticales, un libro de viajes al centro mismo de los tres infiernos del alma del poeta, condenada a vivir ávidamente, atormentada, trágica, rebelde y a la vez irónica. El libro que nos ocupa compone a girones o a brochazos un autorretrato goyesco, grabado esta vez con palabras rotundas al aguafuerte. Un vómito de verdad y de vida, un volcán con palabras incandescentes que acompañan al allegro con brio de la quinta sinfonía de Beethoven o al allegro energico de la sexta de Mahler.
Espectral es un libro redondo, con pellejo y hueso de guinda, no de cereza. No confundamos. Parecen iguales, pero la carne de la guinda es más fina y el hueso más pequeño, por eso ganan en buen anís. «Ser círculo es ser un universo. ¡Versos míos, girad!». Girad como el hambre, como las mentiras, como las promesas, como la verdad, como los derviches, como las capitanas, como los tiovivos, como los girasoles, como los planetas, con sus días de luz y sus noches de sombras. «¡Todo se mueve cuando yo estoy quieto!¡Todo está quieto cuando yo me muevo!¡Tanto desequilibrio me equilibra!».
Espectral es un libro que está escrito en un estado de trance o de transición, en la frontera indivisible entre la cordura y la locura, entre la razón y la sinrazón. Sin concesiones y sin conclusiones. Páginas hambrientas. Hombre iluminado. Al poeta, lúcido y encorajinado, se lo va dictando, palabra a palabra, el arrebato, la cólera, el dolor, la memoria, la pasión, la confusión y hasta el éxtasis, rodeado y vigilado por sus fantasmas familiares, como en una noche de aquelarre, y acompañado aún de cuerpo presente por sus obsesiones y sus recuerdos.
En sus páginas numeradas, el poeta se siente un ciudadano de pleno derecho en un mundo personal e intransferible, lleno de fantasmas, luces, sonidos y recuerdos, que siempre huye hacia sí mismo, fugitivo en su propio ser, acompañado por un solitario, bajo una nube suicida de tabaco, sin saber como se cierran los grifos del dolor, muerto por otras vidas, guiado por la claridad de la misma oscuridad de la imaginación, con la amargura y también con la vitalidad de saberse vivo y contradictorio, como la misma vida y la misma contradicción. «Soy lo que soy y soy lo que no soy. Víscera. Conmoción, caducidad y ansia de infinito».
El poeta se siente solo como un animal salvaje. Busca la soledad y la plenitud para escribir palabras salvajes, palabras que intenten el más difícil todavía, palabras que no se dejan domesticar, que sean como el cardo y la ortiga, que hay que cogerla sin respirar para que no hiera, como el gato salvaje y el alacrán, como la serpiente y la medusa. «Necesito estar solo como el aire, la tierra, el cielo, el sol, el mar solo, los mundos solos que desconocemos y tan tranquilamente nos esperan». El poeta se sirve de sus recuerdos, de sus miedos, de sus viajes sin dominar el inglés y de su propia vida para escribir «con verdad, con riesgo, para algo, para alguien. Escribir con tierra, llamas de noche y hielo, alas, zarpazos, nubes, ríos, montañas, mar. Escribir con la exaltada eclosión de la sorpresa. Con matrices, rituales, reliquias, tabúes, aliento, vísceras. Escribir como un disparo, como un disparate, como un bombardeo. Con vida, risa, tos, cristal, acuarela, hormigón, multitud, aislamiento. A cuestas con el dolor, con la alegría a cuestas, con la cuna a cuestas, con la soga al cuello, con el patíbulo a cuestas, el ataúd a cuestas». Escribir a solas y hacerlo con la vida a flor de piel, gastada en las palabras que procuran nuevos instantes y nuevas vidas. Soliloquio del alma como «motor de la quimera», máquina armoniosa que ha aguantado mil y un embates de una vida llevada por el amor, el aire, la luz, el agua, la tierra y la poesía, siempre «como forma de desconocimiento», hecha del sonido prestado de otras voces y de la misma elocuencia del silencio, esa «lengua del espíritu».
Espectral es como un testamento vital de lo vivido, de la lucha, de la tregua que da la vida, del amor, que es como «una casa abierta al universo», de la confianza, de los miedos y de los fracasos. «¡Mi vida muere de vivir más vida! Muere de no morir, de desvivirse, como el fuego replicante, o como si la muerte fuese vivir después de haber vivido». El poeta es como un profeta que clama en el desierto, que nos señala el camino a seguir y el quehacer de cada cual. «¡Todo lo que hay que hacer es deshacer!». Cambiar todo para que nada cambie. «¡Mi nada en todo!». La sombra iluminada y la luz entre tinieblas. «¡Quiero ser todo lo que se transforma!». Vida y muerte, suerte o infortunio, palabra y obra, ángel o demonio.
Espectral es como una carta de marear, como un mar mareado, agitado por el viento y la vida, encerrado en las páginas que nos esperan, con olas enloquecidas, embravecidas, que rompen una y otra vez contra los acantilados de nuestro conformismo, de nuestra inercia y también de nuestra indiferencia. Un libro, como un barco, llevado por el vendaval de las pasiones, por la brisa de los sentimientos o por las olas de un sueño, de una premonición. Las palabras por bandera y el cielo como único país de nadie y de todos los hombres. «¿Para qué completar la vuelta al mundo si mi mundo da vueltas a un yo desconocido?». El poeta no sabe quién es o sabe muy bien quien no es, mientras sus fantasmas ríen a carcajada limpia. El poeta huye de sí mismo consigo mismo. «¡Para saber quien soy comienzo a dialogar con mis fantasmas!». Miedos y más miedos infantiles e infatigables. Cada poema guarda una historia que sólo conoce el poeta, que piensa en la monogamia de las llaves para abrir la soledad de las puertas. «¡No tiene picaportes el olvido!». El poeta nos habla de aquella Zaragoza que veía de la mano de su padre, con los ojos atónitos de un niño miedoso, mientras cruzaban por el paseo de la Independencia. «De niño yo veía en Zaragoza rinocerontes con cabeza de hombres». La ciudad monstruosa con animales egoístas  y ensimismados, animales sin cabeza y sin corazón, llevados por la prisa o la sorpresa. En Uncastillo siguen cerrados a cal y canto muchos caserones, donde los fantasmas aún esperan asustar a los niños con ojos miedosos. El poeta recordaba con una cierta emoción a su primer amor infantil, que era de Calatayud. Y un buen día vestido de monaguillo, la invitó a subir a lo alto del campanario de la iglesia de Uncastillo, entre unos oscuros y sucios escalones. Y esa niña preciosa y miedosa, como no iba a ser de otra manera, le tomó la mano al sentir el roce inexplicable del miedo. «¡Amar es no morir en lo que vive!».
Espectral es un libro de imágenes para mirar con los «ojos desorbitados de la perplejidad». Imágenes grotescas y goyescas, que recrea de nuevo la razón de la sinrazón. «Venimos de lo oscuro y vamos a lo oscuro». Vida y camino. «¡Algo nos espera lejos del final!». Palabra y obra. «¿Es vacío el abismo o plenitud?». Siempre lo que buscamos está en nosotros mismos. «¡Lo que buscabas ya te ha encontrado dentro de ti! ¡Qué sosiego estar donde ya soy!». Vida y renuncia. «¡Os dejo a todos lo que no he vivido!», y todo lo que aún no se ha leído. Vivamos lo que no hemos vivido todavía y leamos lo que aún está por escribirse. «Vivir es arrojarse a convivir!», con vida, mucha vida y poesía. Convite de palabras precisas, útiles, aunque no siempre preciosas. «Las palabras acuden a mi tránsito desenganchadamente nuevas, ágiles, me libran del exilio que es vivir». ¡Vivir! ¡Escribir! «¡La vida es el rápido barrido de un limpiaparabrisas!».

Nota: Espectral se presentó el día 7 de junio en el Museo de Calatayud, junto a Yin, una antología de poetas aragonesas, debida también a Ángel Guinda.

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