CUANDO LA CALLE DE DATO SE LLAMABA LA RÚA

Francisco Tobajas Gallego

Pedro Montón Puerto, en su trabajo publicado en Cuadernos de Aragón 10-11, IFC, 1978: «Una novela sobre el Calatayud el siglo XIX, El Pedroso y El Templao», hacía referencia a esta novela de José María Matheu y Aybar (1847-1929), Mariano Escar, Zaragoza, 1905.

Según Montón Puerto, en ella se hacía una descripción de la Rúa bilbilitana: recta, torcida, angulosa o más bien culebreante, a semejanza de un río que cambia de cauce a capricho, con sus curvas inesperadas y sus repentinos crecimientos. Así la calle empieza con una cierta estrechez en la plaza del Parque; pero a los pocos pasos se ensancha muy a gusto, para volver a estrecharse unos cuarenta metros más arriba. De todos modos, en su primera parte aparece como una de las mejores de la villa por sus diversas tiendas, dos amplios cafés, su correspondiente casino, sus buenas zapaterías, sillerías, relojerías, farmacias, ferreterías y ultramarinos, con sus despachos de vinos y hasta de horchata y helados en verano. Luego se estrecha de nuevo, se inclina a la derecha, tuerce a la izquierda, y cuando más adelante, a unos trescientos pasos, forma a ser anchurosa pierde algo de su fisionomía urbana de villa rica para tomar el aspecto de calle de un pueblo agrícola de humilde vecindario. Las tiendas se hacen lóbregas, se empequeñecen, empiezan a escasear, y entre alguna mísera taberna, alguna oscura herrería o la puerta grandona de una posada, se cuenta la que cuelga a la entrada sus botos hinchados para vino, o vende simples fajillos de leña, o compone ruedas y armatostes para los carros.

Ángel Marco Ibáñez (1895-1970), colaborador del periódico local El Regional y corresponsal en Calatayud de El Noticiero, de Zaragoza, publicó en este último diario, el 7 de septiembre de 1955, un artículo titulado «Cuando la calle de Dato se llamaba la Rúa», donde trasladaba sus recuerdos infantiles del primer tramo de esta calle, hasta la llamada cuatro esquinas.

En aquel tiempo en la Rúa todavía existían establecimientos y patios de sabor típico, con comercios, tiendas y oficinas bancarias. En la plaza de San Martín, que estaba en alto, abría al amanecer la única churrería de la ciudad. En esta plaza se vendía la carne de los toros, que se lidiaban en las corridas de las ferias.

En la acera derecha de la Rúa abría sus puertas la tintorería de Juan Lezama y en un patio, con el techo bajo, la sastrería de José Herrero. Seguía el Registro de la Propiedad, que se alojaba en un entresuelo con balcones enrejados.

En la acera izquierda, la calle comenzaba con la tienda de la señora Gregoria, donde se vendían: confites, pilongas, avellanas y regaliz, entre otras mercancías. Seguía la relojería de los hermanos Aranda, a los que se podía ver trabajar al otro lado del escaparate, con ayuda de un gran ojo postizo. Continuaba con la zapatería de Lozano, de mucha importancia entonces. A ambos lados de una gran mesa, trabajaban casi una docena de oficiales.

Junto a la zapatería y en lo que sería tiempo después el Casino Independiente, abría sus puertas el café de Cabrera, café provinciano con grandes espejos en las paredes y divanes forrados de terciopelo. En este café ofrecía conciertos diarios Julio Seco, un músico ciego. A veces actuaba un quinteto formado por los mejores músicos de la ciudad. Ángel Marco recordaba que el dueño del café gastaba una imponente barba partida y era aficionado a las antigüedades.

En frente casi del café de Cabrera, estaba la tienda de comidas de Hilario Serrano, en donde por 10 céntimos, servía un gran vaso de escorzonera, que era una rica bebida refrescante, que sería desplazada por los modernos helados italianos.

En 1905 se inauguraría la ferretería de José Alfonso, en los bajos del palacio de los condes de Argillo. Según Ángel Marco, se haría a todo lujo y sería la primera tienda que, por su iluminación y ornato, marcaría los derroteros más ambiciosos del comercio de Calatayud. La calle continuaba con la corsetería de las hermanas Entrena y el despacho y oficinas de Raimundo Gaspar, terminando la acera izquierda con un despacho, donde se tomaba una rica horchata valenciana.

En la acera derecha, después del café de Romero y un saloncito adjunto, llamado el Lavadero, se encontraba la armería de José Gallástegui, que usaba barba fina, lentes de miope y gorra cuartelera. En la tienda se amontonaban las escopetas, los bastones y las cañas de pescar. Por ella andana a sus anchas una perdiz y sobre el mostrador dormía un hermoso gato. El escaparate lo cruzaban dos enormes navajas, con una inscripción grabada en sus hojas: Si esta víbora te pica, no vayas por ungüento a la botica. Sin orden ni concierto se hallaban esparcidos: pistolas, lentes, trabucos, leznas, lupas, brochas de afeitar, cuentahílos…Lo que no se hallara en ningún otro comercio de la ciudad, seguro que allí se encontraría.

Cerca abría sus puertas la baulería de Melero, donde se llevaban a cabo toda clase de reparaciones mecánicas. Melero tenía las piernas paralíticas y cada día se hacía conducir en un carrito a su tienda, donde trabajaba toda la jornada. Ángel Marco recordaba que era un hombre ingenioso y con condiciones extraordinarias para la mecánica. En su taller, como una clínica de objetos descompuestos, hallaban arreglo las más complicadas maquinarias.

Seguía a este patio la sombrerería de Morades y la relojería de Bonilla, con curiosos y viejos relojes dispuestos en el escaparate. Acababa este tramo con la farmacia de Iñigo Lorente, en cuya rebotica tenían su tertulia algunos conspicuos personajes de la ciudad.

Por la Rúa cruzaba, de arriba abajo o de abajo a arriba, la vida plácida y comercial de la ciudad, pero con las tormentas de verano, las aguas del barranco de Soria la convertían en un río incontrolable. Entonces los comerciantes colocaban compuertas a la entrada de sus tiendas, aunque muchas veces se inundaban con las sucias aguas de las barrancadas. También se disponían de pesados puentes de madera, para cruzarla de acera a acera. Ángel Marco recordaba que siendo alcalde Antonio Bardagí, se había desviado el barranco de la Rúa, elevando sus aguas al Jalón junto al paraje de la Longía.

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